¿Puede un partido de fútbol encapsular la relación que una sociedad mantiene con su propia historia? Países Bajos y Japón se enfrentan en el Mundial 2026 con cargas distintas pero simétricas. Los neerlandeses han producido algunos de los equipos más recordados del torneo sin jamás levantar el trofeo; los japoneses han edificado una máquina competitiva que aún no logra traspasar ciertos umbrales. Ambos conjuntos funcionan, en cierto sentido, como espejos de sus respectivas formas de organizar el esfuerzo colectivo.
La tradición de la Oranje es, en rigor, una paradoja que bien podría estudiarse en cualquier curso de teoría política. Según Caracol Radio, el combinado neerlandés acumula registros envidiables —seis victorias y dos empates en eliminatoria, veintisiete goles a favor y cuatro en contra— y, no obstante, la palabra que lo define es la negativa: nunca. Nunca en 1974, cuando el fútbol total de Cruyff encontró a la máquina alemana; nunca en 1978, cuando el contexto político argentino empañó incluso el deporte; nunca en 2010, cuando Iniesta les negó la gloria en el minuto 116. Ronald Koeman, ahora en el banquillo, hereda no solo una táctica sino una deuda simbólica difícil de saldar.
Japón, por su parte, representa algo que Occidente suele malinterpretar. La misma fuente señala que los seis triunfos consecutivos en amistosos previos —incluidos los sobre Brasil e Inglaterra— no son mero “esfuerzo asiático”, como se lee a veces con condescendencia. Son el resultado de una planificación institucional que merecería atención en cualquier manual de políticas públicas: competencia meritocrática, inversión en infraestructura, continuidad de proyectos a largo plazo. Japón fue el primer clasificado al Mundial 2026 no por azar sino por diseño. Y, sin embargo, diseño no basta. Hay una barrera que los datos no explican: los cuartos de final, esa línea donde el método encuentra algo que no puede programar.
Aquí emerge la pregunta que me interesa, y que trasciende el deporte. ¿Qué diferencia a las sociedades que gestionan bien la frustración histórica de las que la convierten en identidad? Países Bajos ha producido algunos de los equipos más memorables del fútbol mundial precisamente porque nunca ganó; Japón ha construido una identidad competitiva sin haber alcanzado la élite. Ambos riesgos son reales: el primero, la melancolía como estilo; el segundo, la eficiencia sin alma. Koeman y su generación deben evitar que la Oranje sea un museo; Japón, que los Samurai Blue sean una fábrica.
No soy quién para predecir resultados. El fútbol, como recordaba Hannah Arendt sobre la política, es el reino de lo impredecible no por caos sino por pluralidad: once voluntades contra once, cada una con intención. Pero sí puedo señalar lo que este partido representa en el torneo. Es el cruce de dos proyectos nacionales que funcionan —Países Bajos como Estado de derecho liberal, Japón como democracia consolidada post-guerra— y que, no obstante, buscan en el campo algo que sus instituciones no pueden otorgar: una redención colectiva, narrativa, casi religiosa.
Los colombianos debemos observar esto con atención. Nuestra propia relación con el fútbol mundial —el gol de Escobar, el de Cali, los cuartos de 2014— tiene esa misma textura de memoria incompleta. No es lo mismo ser bueno que ser campeón; no es lo mismo tener historia que tener destino. Países Bajos y Japón lo saben. Por eso este partido, lejos de ser una mera apertura de grupo, es un duelo de formas de entender el tiempo: la nostalgia versus el futuro, el arte versus la ingeniería, la belleza que no gana versus la eficacia que no celebra.
Quien gane, si alguien gana en el sentido pleno, será quien logre que sus once jugadores no representen solo a una nación sino a una posibilidad: la de que el pasado no condene, que el método no austere, que el fútbol —esa res publica de emociones— siga siendo, contra toda racionalización, un espacio donde lo imposible ocurre de vez en cuando.