La pregunta que no se disipa
¿Cuántas veces más tendrá que suspenderse un partido de fútbol en Colombia para que las autoridades, los clubes y la sociedad entera admitan que el problema no es de seguridad sino de cultura cívica? El clásico entre Independiente Santa Fe y América de Cali, disputado este viernes en El Campín, tuvo que detenerse en el minuto 35 por enfrentamientos entre aficionados de ambos equipos. El partido se reanudó más tarde, sí, pero el daño ya estaba hecho: una vez más, el espectáculo deportivo quedó subordinado a la incapacidad de convivir en un espacio público.
El ritual de la violencia
No es la primera vez ni será la última. El fútbol colombiano arrastra una tradición de violencia en las tribunas que ninguna política pública ha logrado erradicar. Los protocolos se refinan, los anillos de seguridad se multiplican, los controles de acceso se sofistican, y sin embargo, cada cierto tiempo, el estadio vuelve a convertirse en escenario de choque. La pregunta incómoda es si estamos tratando el síntoma y no la enfermedad. Tocqueville advertía que la democracia no se sostiene solo con instituciones, sino con costumbres. Y en Colombia, las costumbres del fútbol —o al menos las de una minoría ruidosa y violenta— siguen siendo profundamente antidemocráticas.
La responsabilidad de los clubes
Los clubes no pueden lavarse las manos. Santa Fe y América, dos instituciones centenarias con millones de seguidores, tienen una responsabilidad que va más allá del resultado deportivo. No basta con emitir comunicados de repudio después de los hechos. Hace falta un trabajo sostenido, pedagógico, con las barras organizadas. Hace falta identificar, sancionar y expulsar de por vida a quienes convierten el estadio en campo de batalla. Y hace falta, sobre todo, que las directivas dejen de mirar hacia otro lado cuando los líderes de las barras ejercen un poder paralelo que nadie les otorgó democráticamente.
El Estado y su deuda
El Estado, por su parte, tiene una deuda pendiente. La Policía Nacional hace lo que puede con los recursos disponibles, pero la prevención de la violencia en el fútbol requiere inteligencia, no solo fuerza. Requiere bases de datos actualizadas, coordinación entre ciudades, sanciones ejemplares que se cumplan. Y requiere, además, que la Dimayor y la Federación Colombiana de Fútbol asuman su rol con seriedad. No es aceptable que los partidos se suspendan y se reanuden como si nada, sin consecuencias deportivas para los clubes cuyos aficionados protagonizan los disturbios. La impunidad, en el fútbol como en la política, es el mejor incentivo para la repetición.
Una sociedad que se mira al espejo
Pero sería injusto cargar toda la culpa sobre los clubes y el Estado. La violencia en el fútbol es un reflejo de una sociedad que no ha resuelto sus conflictos de convivencia. Arendt escribió que la violencia es el resultado de la impotencia, de la incapacidad de actuar en común. Cuando los ciudadanos no confían en las instituciones, cuando el diálogo se sustituye por el grito y la agresión, el estadio se convierte en el escenario donde se escenifica esa frustración. El fútbol no es la causa; es el síntoma.
El cierre que no cierra
El partido entre Santa Fe y América terminó 0-0, un resultado que refleja, quizás, el empate al que estamos condenados mientras no cambiemos de actitud. La próxima vez que se suspenda un partido por violencia, no preguntemos qué falló en la seguridad. Preguntemos qué falló en nosotros. La respuesta, seguramente, será más incómoda, pero también más útil.