¿Qué dice de un país la manera en que organiza su fútbol?
La pregunta no es retórica. El fútbol, en Colombia, es mucho más que un espectáculo de fin de semana: es una de las pocas instituciones que todavía convoca emocionalmente a millones de ciudadanos de todas las clases sociales, regiones y credos. Cuando Junior recibe a Millonarios este sábado en el estadio Romelio Martínez de Barranquilla, no se juega solamente un partido de la fecha 2 de la Liga BetPlay. Se juega, mutatis mutandis, una versión doméstica de la pregunta que Tocqueville se hacía sobre las asociaciones civiles en América: ¿son espacios de libertad organizada o escenarios donde el poder se ejerce sin contrapesos?
Los hechos recientes invitan a la segunda respuesta. Junior llega al compromiso con el antecedente doloroso de haber sido eliminado de la Copa Colombia por Barranquilla FC, su propio equipo filial de reservas, un resultado que dio la vuelta al mundo no por su rareza estadística sino por lo que revela: un club que compite contra sí mismo en el mismo torneo, con estructuras de propiedad que generan conflictos de interés evidentes. Millonarios, por su parte, debutó en la liga con derrota ante Atlético Bucaramanga en El Campín, con un gol en el minuto 89 que desató chiflidos e insultos de una hinchada que ya había visto caer a su equipo ante Colo-Colo de Chile y Universitario del Perú en la pretemporada. El cuadro bogotano, además, perdió para este partido al portero James Aguirre por un trauma muscular en el cuádriceps derecho, según informó el propio club el 31 de julio.
El ranking no es la realidad
Hace pocos días, la Liga BetPlay apareció en un ranking mundial por encima de la MLS estadounidense, dato que fue celebrado con entusiasmo por la dirigencia del fútbol colombiano. La celebración es comprensible, pero insuficiente. Un ranking deportivo mide resultados en cancha; no mide la calidad institucional del torneo, la transparencia de sus procesos disciplinarios, la equidad de sus formatos de competencia ni el respeto por el consumidor que paga por ver el espectáculo.
En esa misma semana, Iván Ramiro Córdoba, exjugador de la selección Colombia y directivo con experiencia en el fútbol italiano, formuló una crítica frontal al formato de la Liga BetPlay: “hay que levantar mucho el nivel”, dijo, en referencia a la competencia. No es una voz menor. Córdoba conoce el fútbol de élite desde adentro y su diagnóstico coincide con el de otros actores del sistema. El formato de la liga colombiana, con sus torneos cortos, sus repechajes y sus criterios de clasificación que cambian con frecuencia, genera incentivos perversos: premia la especulación sobre el juego, castiga la planificación deportiva a largo plazo y convierte cada fecha en una final artificial que desgasta a jugadores y confunde a hinchas.
Carlos Antonio Vélez, periodista deportivo de larga trayectoria, fue aún más lejos al sostener que Junior fue campeón de liga “por el sistema, no por ser mejor”. La frase es dura y puede discutirse en lo deportivo, pero apunta a un problema real: cuando el formato de competencia es tan volátil que un equipo puede consagrarse sin haber sido consistentemente superior, el título pierde valor simbólico. Y sin valor simbólico, el fútbol se reduce a entretenimiento vacío.
La disputa judicial como síntoma
El fútbol colombiano también se juega en los despachos. Inter de Bogotá demandó el partido ante América de Cali alegando que el cuadro caleño habría alineado de manera indebida al jugador Yhormar Hurtado. No es un episodio aislado: las disputas por alineaciones indebidas, sanciones disciplinarias y criterios de elegibilidad son recurrentes en el fútbol profesional colombiano, y cada una de ellas erosiona la confianza en la integridad de la competencia.
Aquí la analogía con la res publica es inevitable. Una liga deportiva, como una república, necesita reglas claras, aplicadas con igualdad y previsibilidad. Cuando las reglas se interpretan de manera discrecional, cuando los tribunales deportivos fallan de forma inconsistente, cuando los clubes sienten que la justicia deportiva es un terreno movedizo, el sistema entero pierde legitimidad. Popper lo entendió bien: la sociedad abierta no se sostiene solo con buenas intenciones, sino con instituciones que funcionen de manera impersonal y predecible. El fútbol colombiano, en este sentido, opera demasiado a menudo como una sociedad cerrada, donde los resultados dependen tanto de la influencia extradeportiva como del mérito en la cancha.
El hincha como ciudadano olvidado
Hay un actor que rara vez aparece en estas discusiones: el hincha. El ciudadano que paga la boleta, que suscribe el canal de televisión, que viaja a otra ciudad para acompañar a su equipo. Ese hincha es, en última instancia, el financiador del sistema. Y sin embargo, es el menos consultado. Los formatos se cambian sin su opinión, los horarios se fijan pensando en la televisión y no en el espectador que va al estadio, y los precios de las entradas suben sin que mejore la experiencia del espectáculo.
El partido de este sábado en el Romelio Martínez, con transmisión exclusiva de Win + Fútbol, es un ejemplo menor pero ilustrativo. El hincha que no tiene acceso a esa plataforma queda excluido del relato. La concentración de derechos de transmisión en pocas manos, sin contraprestaciones claras para el consumidor, es un problema de política pública que Colombia no ha querido enfrentar. En otros países, la regulación de derechos audiovisuales deportivos es un tema de debate parlamentario. Aquí, se trata como un asunto privado entre clubes y operadores, como si el fútbol no fuera también un bien público de interés general.
Lo que está en juego
No se trata de dramatizar. El fútbol colombiano tiene jugadores de talento, hinchadas apasionadas y una tradición que merece respeto. La despedida anunciada de Teófilo Gutiérrez, ídolo del barrio La Chinita de Barranquilla, que jugará su partido de despedida el 19 de diciembre de 2026, es un recordatorio de que este deporte produce figuras que trascienden lo deportivo y se convierten en referentes culturales de comunidades enteras.
Pero precisamente por eso, porque el fútbol importa tanto, exige más de quienes lo administran. Los colombianos debemos dejar de aceptar que la pasión compense la mediocridad institucional. Una liga que supera a la MLS en un ranking pero que no puede garantizar formatos estables, justicia deportiva confiable y acceso equitativo a las transmisiones, es una liga que celebra el síntoma y olvida la enfermedad. La pregunta que abre esta columna no tiene respuesta fácil, pero debería incomodar a todos los que dirigen el fútbol colombiano: ¿qué clase de país se refleja en un espejo que solo muestra lo que quiere ver?