¿Puede llamarse justa una competición donde el destino de cuatro naciones se decide en simultáneo, sin que una sepa con certeza qué necesita la otra? El Grupo H del Mundial 2026 plantea esta pregunta con crudeza. Suiza y Canadá disputan el liderato mientras Bosnia-Herzegovina y Catar luchan por la mera supervivencia, todos condenados a la misma hora, a la misma incertidumbre.
La fórmula de la FIFA no es nueva: desde México 1970, los partidos finales de cada grupo se juegan concurrentemente para evitar pactos. La intención era sanear la competición, eliminar el arreglo explícito. Pero el remedio trajo su propia patología. Hoy un equipo puede estar eliminado sin saberlo, o clasificar por un gol marcado a tres mil kilómetros de distancia, en un estadio donde ni siquiera se menciona su nombre. La transparencia procedural —todos juegan a la vez— no garantiza la justicia sustantiva.
Canadá llega a esta jornada con diez partidos invictos y una paliza de 6-0 sobre Catar que le otorga, mutatis mutandis, una ventaja que no depende enteramente de su propio esfuerzo. Un empate contra Suiza le basta para ser primero. Los suizos, por su parte, recuperados de un debut flojo con una goleada a Bosnia, saben que ganar los coloca en octavos por cuarta vez consecutiva. El mérito deportivo existe, pero está mediado por una aritmética que los jugadores no controlan.
En el otro estadio, Bosnia y Catar protagonizan un duelo de desesperados. Los bosnios arrastran una racha sin triunfos que precede a este torneo; los cataríes intentan borrar el ridículo de una derrota histórica. Ambos, según informa Caracol Radio, dependen de “una combinación de resultados” para aspirar siquiera al consuelo de los mejores terceros. La expresión es técnicamente correcta, pero oculta una verdad incómoda: su eliminación puede consumarse antes de que pite el árbitro final, si en la otra cancha alguien marca el gol que los condena.
Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre la lógica del proceso irreversible: una vez iniciado, el mecanismo se autoalimenta y los individuos pierden capacidad de intervención. El paralelo es excesivo, claro, pero la intuición resuena. El futbolista profesional entrena años para depender, en el momento decisivo, de un resultado que no puede ver ni influir. La agencia individual se diluye en un sistema de puntuación diseñado para la eficiencia televisiva y la imposibilidad del pacto, no para la equidad competitiva.
No proponemos abolir el formato. Los alternativos —liguillas de todos contra todos, eliminación directa desde el inicio— tienen defectos mayores. Pero sí conviene reconocer lo que perdemos con el actual: la posibilidad de que un equipo sepa, con certeza, qué debe hacer en su propio campo. Tocqueville observaba que la democracia estadounidense funcionaba cuando los ciudadanos podían trazar una línea clara entre su acción y su consecuencia. El deporte moderno, globalizado y mediatizado, tiende a borrar esa línea.
El Grupo H se resolverá esta noche. Alguien celebrará, alguien llorará, y los comentaristas hablarán de corazón, de garra, de fair play. Poco se dirá del sistema que convirtió a once jugadores en espectadores pasivos de su propio destino, esperando noticias de otra cancha como quien espera resultados electorales en provincia. Esa es la pregunta que deja esta jornada: si el fútbol quiere seguir siendo, como decía Galeano, “la fiesta del pueblo”, necesita que el pueblo comprenda por qué gana o por qué pierde. Hoy, en el Grupo H, esa comprensión será, para algunos, imposible.