¿Qué queda del fútbol cuando el espectáculo devora al juego? No es una pregunta de puristas nostálgicos, sino de quienes observan cómo una competencia que alguna vez fue res publica —asunto público, espacio de encuentro ciudadano— se ha convertido en producto de consumo acelerado, en narrativa de plataformas, en telenofera con balón. El Mundial 2026, con su formato expandido y sus horarios calcados para mercados televisivos, nos obliga a mirar con desconfianza esa supuesta inocencia del deporte.
España y Francia ya ocupan dos de las cuatro sillas de las semifinales. Los franceses, con la eficacia casi maquinista que les ha caracterizado desde aquella generación de Platini, vencieron a Marruecos sin concesiones estéticas. Los españoles, por su parte, necesitaron la lesión de Thibaut Courtois en los minutos finales para resolver un partido que Bélgica les había complicado con la tenacidad de quien no acepta el guion del favorito. Fabián Ruiz y Mikel Merino anotaron; Charles De Ketelaere descontó. El resultado confirma lo que los datos ya sugerían: España llega a esta instancia como candidata seria, aunque no invencible.
Pero el dato que me detiene no es deportivo, es histórico. Argentina y Suiza se enfrentarán por tercera vez en una Copa del Mundo. En 1966, en Inglaterra, Luis Artime y Ermindo Onega marcaron en una victoria argentina que pertenecía a otro fútbol: más lento, más físico, menos mediático. En 2014, en Brasil, Ángel Di María definió en el minuto 118 un partido que había sido empate agónico, casi insoportable de ver. Dos encuentros, dos épocas, dos maneras de narrar el mismo enfrentamiento. ¿Qué quedará de este tercer episodio en la memoria colectiva? ¿Una estadística más para los algoritmos de apuestas en línea?
Alexis de Tocqueville, en su observación de la democracia estadounidense, alertaba sobre el riesgo del individualismo que aísla. El fútbol contemporáneo parece haber llegado a esa paradoja: nunca hubo tanta audiencia global, tanta conectividad, y sin embargo nunca el vínculo entre el aficionado y el juego pareció tan frágil, tan mediado por intereses que nada tienen que ver con el balón. Harry Kane contra Erling Haaland en Miami no es solo un duelo de goleadores; es un duelo de marcas, de contratos publicitarios, de narrativas prefabricadas para redes sociales.
No soy ingenuo. El deporte de élite siempre fue negocio. Pero había, mutatis mutandis, una diferencia entre el negocio que convive con la pasión y el negocio que la reemplaza. Cuando Karl Popper escribía sobre la sociedad abierta, subrayaba la importancia de las instituciones que permiten la crítica, la corrección, el aprendizaje del error. El fútbol mundialista, en su versión actual, parece haber cerrado esa posibilidad: no se discute el formato, no se cuestiona la expansión a 48 equipos, no se debate el costo ambiental y social de un torneo disgregado entre tres países. Se consume, se tuitea, se olvida.
Colombia ya no está en la competencia. Esa eliminación, notada apenas en el artículo que me sirve de fuente, debería ser ocasión para una reflexión que no hemos tenido. No sobre técnicos ni jugadores, sino sobre qué tipo de fútbol queremos como país, qué instituciones necesitamos para que ese fútbol sea sostenible, qué relación deseamos con un fenómeno que nos moviliza emocionalmente pero que, en su dimensión global, nos utiliza como mercado más que como comunidad.
Las semifinales se jugarán con el ritual intacto: himnos, silbatazos, la pelota en el círculo central. Pero algo ha cambiado, y no es solo el horario adaptado para la televisión colombiana. Es la percepción, cada vez más difusa, de que estamos ante un espectáculo que nos necesita menos de lo que nosotros creemos necesitarlo. Esa es la pregunta que deberíamos hacernos mientras esperamos el pitazo inicial: no quién ganará, sino qué significa aún ganar en este contexto. Y si la respuesta no nos satisface, quizás sea hora de comenzar a imaginar otra manera de habitar el deporte.