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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 12 jun 2026

El Mundial de 2026 convierte la estadística en oráculo y el azar en algoritmo

Cuando las probabilidades se computan en tiempo real, ¿qué queda del deporte como espacio de lo impredecible?

El Mundial de 2026 convierte la estadística en oráculo y el azar en algoritmo — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una máquina predecir el gol que cambia una vida, el error que define una generación, el silencio que sigue al penal fallado? El Mundial de 2026, primer certamen de fútbol que integra sistemas de inteligencia artificial en sus transmisiones y plataformas oficiales, nos obliga a formular esta pregunta con la urgencia de quien ve desplazarse una frontera sin haber acordado su nueva traza.

La tecnología no es intrusa por naturaleza. Desde que Hansard publicó los primeros registros parlamentarios en el siglo XVIII, la modernización de los procesos informativos ha sido, mutatis mutandis, una constante de las sociedades abiertas. El problema no radica en que la IA calcule probabilidades —lo hacen los actuarios desde antes de Tocqueville— sino en la velocidad con que esa cálculo coloniza la experiencia misma del espectador. Cuando la apuesta en línea se sincroniza con el dato predictivo en tiempo real, el partido deja de ser res publica para convertirse en mercado de futuros contingentes.

El encuentro entre Estados Unidos y Paraguay, como otros del certamen, ilustra esta tensión. La IA asigna porcentajes, pondera historiales, ajusta modelos con cada cambio de posesión. El aficionado contemporáneo no solo mira: apuesta, verifica, recalcula. Arendt advertía sobre la banalización que produce la reducción de la acción humana a procesos predecibles; no imaginaba, quizás, que el gol sería precedido por una notificación push con odds actualizadas. La cuestión no es tecnofóbica: es política. ¿Quién regula el algoritmo que sugiere la apuesta? ¿Quién audita el sesgo del modelo que declara “probable” al resultado que luego materializa la profecía autocumplida de miles de apuestas concurrentes?

La tradición del liberalismo clásico hispanoamericano —esa que Galán defendió en las urnas y que Vargas Llosa ha ejercido en la tribuna— no se opone al progreso técnico. Se opone a la opacidad. Un sistema de apuestas transparente, con reglas claras y supervisión independiente, es compatible con el Estado de derecho. Un sistema que opera en la penumbra regulatoria, donde la IA sirve tanto al entretenimiento como a la captación de usuarios vulnerables, erosiona la confianza institucional que el deporte, en su mejor versión, contribuye a edificar.

Hay algo más: la pérdida del lenguaje. Cuando el comentarista deportivo cede terreno al bot que genera probabilidades, el relato cede terreno al dato. Y el dato, sin narrativa, no constituye memoria. Los colombianos de cierta edad recordamos el gol de Rincón contra Alemania no por el porcentaje de posibilidad que tenía, sino por la imposibilidad que representaba, por el gesto descomunal de un equipo que se negaba a la lógica. La estadística describe; la epopeya transforma. No es casual que las sociedades más mecanizadas mantengan, casi como ritual de resistencia, el relato oral del hincha que vio lo que los números no preveían.

El gobierno colombiano, como otros de la región, ha mostrado intermitencia en la regulación de las plataformas de apuesta. Cuando acierta —como en la reciente exigencia de licencias transparentes— merece reconocimiento. Cuando falla —en la supervisión efectiva de los algoritmos que segmentan usuarios por perfil de riesgo—, la oposición debe señalarlo sin demagogia. La responsabilidad no es partidista: es republicana.

El Mundial terminará, un equipo levantará la copa, los algoritmos serán archivados y reentrenados para Qatar 2030. Pero la pregunta persistirá: si todo es predecible, ¿por qué seguimos mirando? Quizás porque, en el fondo, sabemos que el error del arquero, la genialidad del delantero, el silbatazo final que desata la alegría o el llanto, pertenecen a un orden que la máquina calcula pero no comprende. La estadística es herramienta; el azar, metafísica. Confundir ambas no es modernidad: es superstición con patrocinador.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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