La jornada cambiaria del 22 de julio evidenció una desconexión notable entre la realidad financiera de Colombia y su incertidumbre política doméstica. Mientras el dólar cerró en $3.207,40, cediendo $13,60 frente a la sesión anterior según datos de mercado reportados por Pulzo, los agentes económicos enviaron una señal clara: los fundamentales macroeconómicos y los choques geopolíticos externos están pesando más en la formación del precio que las iniciativas legislativas del gobierno saliente o los eventos extraordinarios en la vecindad regional.
Esta apreciación del peso, que retó el piso psicológico de los $3.200 sin romperlo definitivamente, no debe interpretarse como un voto de confianza en la gestión interna. Se trata, más bien, del resultado matemático de dos fuerzas exógenas: la prima de riesgo geopolítico en los mercados energéticos y el diferencial de tasas de interés que sostiene el carry trade. Para un observador atlantista y pro-mercado, esto es un recordatorio de que la estabilidad cambiaria actual es importada y volátil, no estructural.
La geopolítica como motor de oferta
El principal catalizador de la revaluación no fue un superávit comercial sostenible ni un aumento en la inversión extranjera directa productiva, sino la guerra. Según reportó Pulzo, el crudo Brent escaló 3,31 % hasta los US$94,02, mientras que el WTI estadounidense subió 2,83 % a US$86,73. Este repunte responde directamente a la undécima noche consecutiva de ataques aéreos de Estados Unidos sobre objetivos en Irán y a las amenazas persistentes contra el tráfico marítimo en el Mar Rojo y el Oleoducto del Caspio.
Para Colombia, esto actúa como un estabilizador automático de corto plazo. La mayor oferta de petrodólares inunda el mercado local, permitiendo que el peso se fortalezca incluso cuando el Índice DXY global se mantiene estable en 101,12 unidades. Sin embargo, depender de la escalada militar en Oriente Medio para mantener la competitividad cambiaria es una estrategia precaria. Si bien alivia la presión inflacionaria importada hoy, nos expone a una volatilidad extrema si se materializa una desescalada rápida o, por el contrario, una interrupción severa del suministro que dispare los precios a niveles que destruyan la demanda global.
El mercado descarta la reforma tributaria
Quizás el dato más revelador de la sesión fue la indiferencia absoluta del mercado hacia la radicación de una reforma tributaria. De acuerdo con la mesa de estudios económicos de Acciones & Valores citada por Pulzo, los agentes financieros asignan “nula viabilidad política” a esta iniciativa de $21 billones en la nueva legislatura. El mercado habría decidido que este proyecto es un artefacto político del gobierno saliente sin recorrido real en el Congreso entrante.
Esta desconexión es positiva para la estabilidad inmediata, pero peligrosa para la planificación fiscal a mediano plazo. El hecho de que el carry trade siga canalizando flujos hacia la deuda pública colombiana indica que los inversionistas siguen apostando a la tasa de interés del Banco de la República como refugio, independientemente de la salud fiscal futura. Según el sistema de negociación del Banco de la República citado en el reporte, los TES 2028 cerraron en 12,650 % y los de 2050 en 12,061 %. Asimismo, el ETF de Global X (GXTESCOL) registró una desvalorización leve del 0,29 %, lo que sugiere que el apetito por riesgo colombiano sigue atado al arbitraje de tasas y no a una mejora en los fundamentos soberanos.
El factor Maduro y la prudencia hemisférica
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, confirmada por el presidente Donald Trump según reporta Pulzo, añade una capa de complejidad regional que el mercado cambiario aún no ha procesado completamente. Desde una perspectiva de seguridad hemisférica, la salida del dictador venezolano podría ser un hito para la restauración del Estado de derecho en la región. No obstante, los mercados financieros suelen reaccionar con cautela ante transiciones de poder no institucionales.
La ausencia de pánico en la tasa de cambio sugiere que los agentes ya habían descontado este escenario o que la liquidez petrolera actual actúa como un colchón suficiente. Para Colombia, el reto no es cambiario, sino geopolítico: cómo gestionar la relación con una Venezuela en transición sin caer en los errores del pasado ni en el aislamiento ideológico. La fortaleza actual del peso nos da un margen de maniobra financiero, pero no debe confundirse con un respaldo a la política exterior.
En conclusión, la cotización de $3.207 refleja un equilibrio frágil sostenido por factores externos. Mientras el Brent se mantenga por encima de US$90 y las tasas locales sigan siendo atractivas frente a la Reserva Federal, el peso tendría soporte. Pero confiar en la guerra y en el descarte automático de reformas fiscales como pilares de estabilidad es, en el mejor de los casos, una tregua temporal.