La cotización del dólar en Colombia abre hoy en 3.796,75 pesos, apenas 0,02% por debajo del cierre anterior. Detrás de esa cifra aparentemente trivial hay una dinámica más profunda que merece atención: el peso colombiano ha acumulado una apreciación de 4,04% en términos interanuales, mientras que la volatilidad cambiaria se sitúa en 4,07%, muy por debajo de su promedio histórico del 12,85%. Esto no es tranquilidad; es el silencio antes de la tormenta.
Cuando el dólar débil no es noticia buena
Bancolombia proyecta que la divisa estadounidense promediará 3.878 pesos durante 2026, lo que implica una continuidad de la presión a la baja. Los fundamentos parecen sólidos: remesas sostenidas, diferencial de tasas de interés que favorece estrategias de carry trade (donde inversionistas toman prestado en dólares baratos para invertir en pesos a tasas más altas), y una depreciación global del dólar reflejada en una caída de 9% del índice DXY durante 2025.
Sin embargo, esta narrativa de fortaleza del peso esconde una paradoja incómoda. Un peso fuerte es positivo para el poder adquisitivo de los colombianos en el exterior y reduce presiones inflacionarias en bienes importados. Pero también erosiona la competitividad de las exportaciones no mineras en un momento en el que el sector manufacturero ya enfrenta presiones estructurales. Para un país que depende de commodities, un peso apreciado es un impuesto silencioso sobre la diversificación económica.
Los riesgos que el mercado subestima
El informe de Bancolombia identifica dos factores de riesgo que podrían invertir esta trayectoria: la incertidumbre fiscal y el calendario electoral. Ambos son reales, pero el primero es más urgente.
Colombia ha visto recortes en su calificación soberana. Eso no es un dato técnico aislado; es una señal de que los mercados internacionales perciben deterioro en la sostenibilidad de las finanzas públicas. El diferencial de tasas entre el Banco de la República (9,25%) y la Reserva Federal estadounidense (3,50%-3,75%) que hoy favorece el carry trade puede revertirse rápidamente si la prima de riesgo país se amplía. Cuando eso ocurre, los flujos de capital especulativo se invierten en minutos.
El proceso electoral de 2026 añade una capa de incertidumbre política que los mercados toleran en dosis pequeñas pero que puede generar volatilidad si las encuestas muestran polarización extrema o si las propuestas de política económica de los candidatos son percibidas como inconsistentes con la estabilidad fiscal.
Contexto regional: Colombia no está sola
En la región andina, la dinámica es similar pero con matices. Perú enfrenta volatilidad política extrema que ha depreciado el sol. Ecuador, dolarizado, no tiene margen de maniobra cambiaria. Bolivia y Venezuela están fuera del mercado de capitales formal. Colombia, en contraste, mantiene acceso a mercados internacionales y una moneda flotante, lo que debería ser una ventaja. El riesgo es que esa ventaja se pierda si la confianza fiscal se erosiona más.
Qué significa para el bolsillo
Para el ciudadano promedio, un peso fuerte hoy significa que sus ahorros en dólares valen menos en pesos, pero que viajar al exterior es más caro. Para la empresa exportadora de flores, café o manufacturas, significa márgenes más apretados. Para el Gobierno, significa menores ingresos tributarios en dólares cuando paga deuda externa.
La proyección de Bancolombia de 3.878 pesos por dólar en 2026 es creíble si los fundamentos se mantienen estables. Pero los fundamentos no son estables. La volatilidad actual de 4,07% es engañosamente baja; refleja un mercado que aún no ha procesado completamente los riesgos fiscales y electorales. Cuando lo haga, el peso podría ceder terreno con rapidez.
Lo que el mercado está diciendo hoy es que confía en la continuidad. Lo que debería estar diciendo es que esa confianza es frágil.