La tasa de cambio en Colombia ha tocado niveles que el mercado no registraba desde hace siete años, con el dólar estadounidense cayendo por debajo de los 3.200 pesos y acumulando una revaluación del peso del 27,2% en el último cuatrienio. Este movimiento, el más intenso de la última década y el tercero más fuerte del siglo, coincide con la expectativa generada por la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia y con un entorno global que favorece a los activos de renta fija en moneda local. Sin embargo, celebrar la fortaleza cambiaria sin matices sería un error de diagnóstico. Para una economía que depende de la integración comercial y que aún no ha resuelto sus desequilibrios externos, un peso tan apreciado es tan riesgoso como uno excesivamente devaluado.
Fundamentos financieros versus realidad comercial
La dinámica actual responde principalmente a factores financieros y no a una mejora estructural en la balanza comercial. El diferencial de tasas de interés entre Colombia y las economías desarrolladas sigue siendo atractivo para el arbitraje, incentivando la entrada de capitales de portafolio. Según datos de Visión Davivienda, cerca de 23 billones de pesos han ingresado a títulos de deuda pública, sostenidos por un premio de entre 8 y 10 puntos porcentuales frente a la Reserva Federal de Estados Unidos. A esto se suma un petróleo rondando los 90 dólares por barril y un flujo de remesas que alcanza los 13.400 millones de dólares anuales, compensando parcialmente el déficit comercial.
No obstante, estos flujos tienen una naturaleza distinta a la Inversión Extranjera Directa (IED). Mientras la IED suele anclar proyectos productivos a largo plazo, los capitales de portafolio son sensibles al riesgo y pueden revertirse con rapidez ante cambios en la política monetaria global o local. El hecho de que el déficit comercial haya alcanzado un récord de 16.000 millones de dólares mientras la moneda se aprecia es una señal de alerta: el precio del dólar está siendo fijado por la especulación financiera y los términos de intercambio, no por la competitividad real de la economía colombiana.
El costo oculto para la región andina
Para Colombia y sus socios andinos, la sobrevaluación cambiaria actúa como un impuesto silencioso a la exportación no tradicional. Cuando el peso se aprecia por encima de su nivel de equilibrio fundamental, los productos manufacturados y los servicios transables pierden margen frente a competidores regionales. El analista Santiago Martínez, de Visión Davivienda, advierte que el desajuste actual es el más amplio desde 2008 y que la corrección podría tardar hasta cuatro trimestres. En un contexto donde la administración entrante busca consolidar la confianza institucional y el libre comercio, permitir que la tasa de cambio se desvíe tanto de sus fundamentos podría erosionar precisamente la base productiva que se necesita para sostener el crecimiento.
La comparación con el ciclo de 2016-2017 es ilustrativa. En aquel periodo, el dólar pasó de 3.400 a 2.700 pesos, pero la economía contaba con otros amortiguadores. Hoy, con una masa monetaria creciendo más rápido que en Estados Unidos y una brecha fiscal que requiere financiamiento, la sostenibilidad de un dólar por debajo de 3.000 pesos es cuestionable. Las proyecciones de mercado, que sitúan la tasa entre 3.600 y 3.800 pesos para los próximos doce meses, sugieren que el nivel actual podría ser transitorio.
Cautela ante la euforia cambiaria
La fortaleza del peso colombiano frente a otras monedas latinoamericanas, donde solo el real brasileño muestra una apreciación comparable del 9,3%, valida la reducción del riesgo país asociada a la transición política. Es una señal positiva de que los mercados internacionales apuestan por la continuidad institucional y el respeto a las reglas de juego. Sin embargo, la política económica no debe confundir la señal de precios con la salud del sector real.
Para el eje Bogotá-Washington-Brasilia, la lección es clara: la estabilidad cambiaria es deseable, pero la volatilidad por apreciación extrema daña tanto como la depreciación. La tarea de la nueva administración será gestionar esta bonanza financiera sin sacrificar la competitividad, asegurando que los flujos de capital se traduzcan en inversión productiva y no solo en consumo importado. Si el mercado tiene razón y el ajuste viene en 2027, la industria exportadora necesita señales claras hoy para sobrevivir al ciclo de sobrevaluación. La bitácora de los mercados indica viento a favor en lo financiero, pero marejada en lo comercial; navegar entre ambos requiere más prudencia que celebración.