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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 18 jun 2026

La volatilidad del dólar alerta sobre el riesgo fiscal

El salto cambiario revela que la estabilidad del peso depende más de la credibilidad fiscal que del diferencial de tasas o la debilidad global del billete verde.

La volatilidad del dólar alerta sobre el riesgo fiscal — Mercados, ilustración editorial

La apertura de este miércoles, con el dólar estadounidense cotizando en promedio a 3.528 pesos y una variación intradía superior al 2,7%, no debe leerse como un evento aislado ni como una simple corrección técnica. Si bien la tendencia anual muestra una apreciación del peso cercana al 8,6% frente a junio de 2025, la volatilidad actual —que duplica los indicadores de referencia históricos— señala que los fundamentos macroeconómicos locales están bajo estrés. Para un mercado que opera con memoria institucional, este movimiento es una señal de precio ante la incertidumbre fiscal y política, factores que pesan más en la balanza de riesgos colombiana que la coyuntura monetaria externa.

La ilusión del carry trade sostenible

Es tentador atribuir la fortaleza reciente del peso exclusivamente a la debilidad global del dólar o al atractivo diferencial de tasas. Es cierto que la Reserva Federal ha llevado su tasa de interés al rango de 3,50%-3,75%, mientras el Banco de la República mantiene la suya en 9,25%. Este spread positivo incentiva el carry trade, estrategia mediante la cual inversionistas extranjeros toman deuda en dólares para invertir en activos en pesos, aprovechando el margen. Sin embargo, confiar ciegamente en este mecanismo es peligroso en una economía emergente con historial de choques fiscales.

Las proyecciones del Grupo Cibest de Bancolombia, que estiman un promedio anual de 3.878 pesos para 2026, asumen que los flujos de remesas y la disciplina monetaria local se mantendrán intactos. No obstante, el mercado ya está descontando la posibilidad de que el Banco de la República deba ajustar sus tasas al alza, no por dinámica inflacionaria pura, sino como respuesta defensiva ante presiones cambiarias derivadas del deterioro de la confianza. Cuando la política monetaria se ve forzada a actuar como dique de contención fiscal, el costo de financiamiento interno aumenta y se resiente la inversión productiva. La estabilidad del tipo de cambio no puede depender indefinidamente de capitales golondrina que salen tan rápido como entran ante la primera señal de alarma soberana.

El costo de la incertidumbre institucional

El verdadero motor de la volatilidad actual no reside en Washington, sino en Bogotá. La reciente revisión de la calificación crediticia soberana por parte de agencias internacionales no fue un acto arbitrario; reflejó dudas estructurales sobre la trayectoria de la deuda y la capacidad del Estado para generar superávits primarios creíbles. En un entorno electoral, donde las propuestas populistas suelen ganar terreno prometiendo gasto sin financiación clara, la prima de riesgo país se expande.

Para Colombia, cuyo comercio exterior y servicio de deuda están dolarizados, esta inestabilidad tiene costos reales inmediatos. Un dólar volátil encarece los insumos importados para la industria y la agricultura, complicando la meta de inflación y erosionando el poder adquisitivo de los hogares, justo cuando se discuten ajustes salariales. Además, la percepción de riesgo aleja la Inversión Extranjera Directa (IED) de largo plazo, aquella que genera empleo formal y transferencia tecnológica, diferenciándola de los flujos especulativos de portafolio.

Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, la lección es clara: la fortaleza de una moneda no se decreta ni se sostiene artificialmente con reservas internacionales o intervenciones verbales. Se construye con reglas fiscales claras, independencia real del banco central y respeto irrestricto a los contratos. Mientras la política económica siga sujeta a vaivenes ideológicos y necesidades electorales, el peso colombiano seguirá siendo un activo de alto beta, sensible a cualquier ruido doméstico. Los agentes económicos globales observan nuestras instituciones con lupa; cada punto básico de desconfianza se traduce en centavos de depreciación. La tarea pendiente para blindar nuestra economía no es monetaria, es estrictamente institucional.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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