Las encuestas dan a Abelardo de la Espriella una ventaja de siete a ocho puntos sobre Iván Cepeda para la segunda vuelta del 21 de junio. Según la firma Guarumo y Ecoanalítica, citada por El Tiempo y reproducida por El Colombiano, el candidato alcanzaría el 52,6% frente al 45% de su rival; AtlasIntel, por su parte, eleva esa distancia hasta diez puntos en sondeo publicado por Semana. Los números, recogidos entre el 8 y el 12 de junio, son los últimos que la legislación colombiana permite divulgar antes de la votación. Pero los números no son el relato completo, y a veces ni siquiera son el relato verdadero.
Aquí está la tensión que merece detenerse. Según la misma encuesta de Guarumo y Ecoanalítica documentada por El Colombiano, el presidente Gustavo Petro registra una imagen favorable que roza el 50% —un dato que, en cualquier lógica política convencional, debería lubricar la maquinaria de quien él respalda. No ocurre. Cepeda navega con quince puntos menos de respaldo que la aprobación combinada de quien lo apoya. Esta disonancia no es anecdótica: es el síntoma de una representación fracturada, de una política donde los vínculos entre gobierno, partido y candidato se han desgastado hasta la irreconocibilidad. Tocqueville observaba que en las democracias el peligro no está en el desacuerdo, sino en la incapacidad de institucionalizarlo. Colombia, mutatis mutandis, parece estar allí.
La campaña que cierra no ha sido un ejercicio de deliberación. No hay debates programados. Las decisiones judiciales han alterado el tablero en tiempo real. El Colombiano reporta que el país vive una contienda “atravesada por denuncias de compra de votos y acusaciones entre los dos candidatos presidenciales”. Son denuncias formuladas en el marco electoral, no sentencias judiciales: precisión que no debiera ser necesaria pero que en este clima resulta indispensable. En este contexto, la encuesta deja de ser fotografía para convertirse en arma: quien la encarga, quien la filtra, quien la interpreta, todos participan de una contienda paralela por definir lo que “parece” inevitable. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, advertía contra la profecía autocumplida como forma de cerrar el futuro. Las encuestas, en manos de una polarización extrema, corren ese riesgo.
Y luego está Donald Trump. Su segundo mensaje de apoyo explícito a De la Espriella, el 10 de junio, promete “fuerza total de Estados Unidos” al candidato, según reprodujo El Colombiano. La intervención no es diplomática: es una señal de bando en una elección que, en teoría, deberían resolver los colombianos entre colombianos. La soberanía electoral, ese res publica mínimo que Arendt situaba como condición de la política, aquí se ve atravesada por una lógica de alianzas transnacionales donde el voto nacional parece un epílogo. No es la primera vez que Washington pesa en una campaña latinoamericana; pero la explicitud, la urgencia, la eliminación de velos, marca una novedad que debería inquietar a quienes creemos en la autonomía institucional.
¿Qué queda, entonces, de la elección como ritual democrático? La pregunta no es retórica. Invamer, una de las firmas más establecidas, decidió no publicar encuestas para esta segunda vuelta, decisión que El Colombiano documentó por separado. La medida puede leerse como prudencia metodológica o como rendición ante un campo minado donde medir equivale a tomar partido. En cualquier caso, deja un vacío informativo que otros llenan con cifras que no siempre resisten el escrutinio técnico. Los ciudadanos votarán el 21 de junio con menos información pública de la que merecen, en una campaña sin debates, bajo la sombra de irregularidades denunciadas que no han sido probadas ni descartadas judicialmente.
La ventaja de De la Espriella en los sondeos puede ser real; también puede ser frágil. Lo que estas cifras no pueden decirnos es si quien resulte elegido contará con la legitimidad suficiente para gobernar una república partida en dos mitades que no se hablan, que no se escuchan, que apenas comparten el mismo territorio físico. La democracia, recordaba Tomás de Aquino en otro contexto, no es solo la suma de voluntades individuales: es la posibilidad de un bien común que trascienda la mera suma. Colombia, esta semana, mide sus preferencias sin saber si aún mide su comunidad.
El 21 de junio elegiremos presidente. Lo que no elegiremos ese día —porque no está en la boleta— es si queremos seguir siendo una sociedad capaz de disputar sin destruirse. Esa elección, la más importante, aún no tiene fecha.