¿Puede una selección nacional construir identidad táctica cuando sus asistentes son mercancía de temporada para los clubes locales?
La noticia de que Luis Amaranto Perea deja el cuerpo técnico de Néstor Lorenzo para asumir la dirección técnica de un equipo de la Liga BetPlay no es, en rigor, una catástrofe deportiva. Perea era asistente, no cabeza visible; su trabajo se medía en horas de video y conversaciones a puerta cerrada, no en conferencias de prensa. Sin embargo, el episodio merece atención porque expone una estructura institucional que el fútbol colombiano no ha querido reformar: la precariedad del vínculo entre los técnicos de la selección y el entorno formativo del país.
Desde la eliminación ante Brasil en el Mundial de 2014 —esa que el propio artículo de La FM evoca como umbral de una era—, la Federación Colombiana de Fútbol ha oscilado entre dos modelos. El primero, el del técnico extranjero con carta blanca y staff importado: Pékerman, primero; lorenzo, después. El segundo, el de la promesa local que termina consumida por la urgencia de resultados en eliminatorias cortas. Lo que no se ha probado con seriedad es un sistema híbrido, donde los asistentes nacionales tengan estabilidad contractual que los proteja de la tentación —legítima, por cierto— de los clubes.
Perea no es un caso aislado. En el fútbol sudamericano, la movilidad de los cuerpos técnicos responde a la lógica del mercado más que a la del proyecto. Lo que aquí llama la atención es el timing: a menos de un año del Mundial 2026, Lorenzo debe reconfigurar una pieza de su engranaje. No es el entrenador principal, repetimos; pero en una selección donde la táctica defensiva ha sido sello distintivo —pensemos en los cuartos de final de Qatar, en la solidez que le permitió a Colombia competir con Brasil en territorio hostil—, la pérdida de un interlocutor con experiencia de élite como jugador y como analista tiene costo.
La comparación con otros sistemas resulta incómoda pero necesaria. En Alemania, la estructura de la DFB integra a los entrenadores de selecciones juveniles en carreras de largo plazo. En Francia, la école de Clairefontaine funciona como Estado dentro del Estado. Incluso en Uruguay, país más pequeño y con menos recursos, la continuidad de Óscar Washington Tabárez durante quince años permitió que un cuerpo técnico se sedimentara como cultura institucional. Colombia, en cambio, vive de la improvisación heroica: cuando funciona, se celebra; cuando falla, se echa al técnico y se reinicia.
Lorenzo llegó a la selección con un perfil que parecía romper ese ciclo. No era el nombre mediático que exigía titulares inmediatos; era un constructor silencioso, formado en la escuela de Pékerman y curtido en la paciencia del Perú pre-Gareca. Su apuesta por Perea como asistente respondía a esa misma lógica: alguien que conocía el vestuario, que había jugado en la élite europea, que podía traducir entre el discurso del DT y la realidad de los jugadores. Ahora esa traducción deberá hacerla otra voz, en medio de la presión de una eliminatoria que no perdona y de una expectativa pública que ya se acostumbró a los cuartos de final como piso, no como techo.
La pregunta que queda flotando no es si Lorenzo sobrevivirá sin Perea. La pregunta es si el fútbol colombiano quiere dejar de ser territorio de oportunistas tácticos —técnicos que llegan, ganan, se van— para convertirse en algo que requiere más paciencia y más institución: una escuela. La salida del Amaranto es, en últimas, un síntoma de que no hemos decidido todavía.