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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

Messi iguala a Klose y el mito del campeón que debuta mal

Argentina rompió una maldición de cuarenta años: los campeones defensores no ganaban su primer partido. ¿Qué dice esto sobre la naturaleza del legado?

Messi iguala a Klose y el mito del campeón que debuta mal — Deportes, ilustración editorial

¿Por qué cuesta tanto repetir? No solo en el fútbol, en casi todo. La pregunta que dejó el debut argentino en Kansas no es meramente deportiva: es una indagación sobre las formas del éxito y su conservación.

Argentina llegó al Mundial 2026 con una carga histórica peculiar. Las dos veces anteriores que alzó la copa —en casa en 1978 y en México 1986—, el torneo siguiente la encontró derrotada en el debut: 0-1 ante Bélgica en España, idéntico marcador ante Camerún en Italia. El dato, registrado por Caracol Radio, no es anécdota menor. Revela una tensión estructural: el campeón defensor no defiende un título, sino una expectativa colectiva que lo precede y lo aliena. El futbolista que fue héroe vuelve como monumento, y los monumentos no juegan, se contemplan.

Lionel Messi resolvió la paradoja con un triplete que lo iguala a Miroslav Klose como máximo goleador en la historia de los mundiales. La cifra, sin embargo, es el menor de los méritos. Lo relevante es el cómo: contra Argelia, con ausencias sensibles en la zaga —sin Tagliafico, con Senesi improvisado tras la desconvocatoria de Balerdi—, con el arco en duda hasta última hora por Martínez. Messi no anotó en un equipo en ebullición, sino en uno que debía recomponerse sobre la marcha. Esa capacidad de ordenar el caos cercano es lo que distingue al líder del mero talento acumulado.

Hannah Arendt, en su meditación sobre la acción, distinguía entre el homo faber que fabrica objetos duraderos y el actor político cuyos gestos dependen de la memoria ajena para existir. El deportista de élite vive en esa intersección: produce resultados medibles, pero su significado exige testigos. Messi, a los 38 años, parece haber comprendido algo que escapa a la estadística pura: el legado no se hereda, se renegocia en cada presentación. Klose, alemán de temple metódico, llegó a sus dieciséis goles con la regularidad de quien cumple un oficio. Messi los alcanza con la irregularidad conmovedora de quien aún arriesga el juicio de la posteridad en cada partido.

La tradición liberal clásica que aquí se invoca tiene algo que decir sobre esto. No es la del triunfalismo barato, sino la que, desde Tocqueville, observa cómo las democraciones —y podríamos añadir: las competencias abiertas— castigan la complacencia. El campeón defensor que pierde su debut no falla por exceso de confianza, sino por una forma de rigidez institucional: el equipo que ganó se reproduce como fórmula, no como proceso. Scaloni, en cambio, ha mostrado una virtud rara en el fútbol de selecciones: la adaptación sin traición a los principios. Argentina no renunció a su identidad, pero tampoco se dejó aprisionar por ella.

Queda una pregunta sin resolver, y es bueno que así sea. Si Messi iguala a Klose y Argentina rompe su maldición, ¿en qué queda la narrativa? El deporte moderno consume sus propios mitos con velocidad vertiginosa. Hoy la efeméride; mañana, la exigencia de superarla. Lo que permanece —lo único que puede permanecer— no es la cifra, sino la forma en que se alcanzó: contra la turbulencia, contra el peso del título anterior, contra el tiempo que pasa. Eso no entra en las planillas de goles. Pero sin ello, las planillas no significarían nada.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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