El cruce de mensajes entre el presidente Gustavo Petro y su homólogo estadounidense Donald Trump, motivado por el respaldo de Washington al candidato Abelardo de la Espriella, confirma una tendencia que esta columna ha señalado: la política exterior colombiana se gestiona cada vez más en redes sociales y cada vez menos en los canales institucionales.
Según reportó Publimetro, Trump publicó en Truth Social su apoyo “total e incondicional” a De la Espriella de cara a la elección del 21 de junio y calificó a Iván Cepeda como un “marxista de izquierda radical”. Horas después, Petro respondió en X invocando la soberanía popular y advirtiendo que la Constitución colombiana prohíbe los apoyos y dineros extranjeros en campañas. El presidente añadió, sin presentar pruebas públicas, que un funcionario estadounidense tendría intereses en una mina de oro en el Cauca.
Hay tres problemas en este episodio que conviene separar con cuidado.
Primero, la intervención abierta de un jefe de Estado extranjero en una campaña en curso. Un pronunciamiento de esa naturaleza, formulado desde una cuenta personal, rompe la práctica diplomática elemental de no pronunciarse sobre procesos electorales de terceros países. La Cancillería colombiana no ha informado, hasta la redacción de esta columna, de ninguna comunicación formal al Departamento de Estado; el episodio se conoce solo por las publicaciones en redes.
Segundo, el uso presidencial de la plataforma X para contestaciones de este calibre. La respuesta de Petro mezcla argumentos institucionales con insinuaciones sobre funcionarios, negocios mineros y financiamiento de campañas. Una denuncia de esa gravedad exige un expediente, no un trino. La opacidad en la presentación de los supuestos indicios mina la credibilidad del reclamo y lo reduce a retórica electoral.
Tercero, el riesgo para la relación bilateral. Colombia y Estados Unidos mantienen cooperación en seguridad, lucha contra el narcotráfico, comercio y migración que se mide en tratados, presupuestos y operaciones conjuntas, no en likes. Convertir esa arquitectura en un campo de disputa partidista le hace daño a los dos países, pero sobre todo a Colombia, cuya dependencia de esa asociación es estructural.
Como se lee en la nota de Publimetro, Petro cerró su mensaje recordando que la amistad entre ambas naciones data de más de dos siglos. Tiene razón en el dato histórico, aunque no en la conclusión: las amistades de esa duración se sostienen precisamente con protocolos y con la prudencia que ninguno de los dos mandatarios mostró esta semana. Las campañas pasan. Las instituciones quedan.
Cuando un presidente defiende la soberanía, lo esperable es que lo haga con declaraciones oficiales, notas diplomáticas y, si hay méritos, denuncias formales ante la Fiscalía o ante los organismos de control. Lo demás es ruido que, además, suele favorecer al candidato que el pronunciamiento extranjero pretendía impulsar.
Colombia merece una discusión sobre su futuro electoral y sobre su relación con Washington en la que el cálculo coyuntural no eclipse los intereses de largo plazo. Esta semana, ese equilibrio no se sostuvo.