¿Qué nos dice una clasificación mundialista sobre la naturaleza del éxito colectivo? No pocos, en nuestra tradición política, hemos aprendido a desconfiar de las metáforas deportivas aplicadas a la res publica; sin embargo, hay ocasiones en que el terreno de juego ofrece lecciones que el aula de teoría política no alcanza a ilustrar con igual claridad. El encuentro entre Corea del Sur y República Checa, que arranca el Grupo B de esta Copa del Mundo 2026, invita a una reflexión de ese orden.
Los Guerreros Taegeuk llegan invictos tras una fase clasificatoria impecable, consolidando una tradición de constancia que pocas selecciones asiáticas pueden ostentar. Pero hay algo más perturbador, desde el ángulo de quien observa instituciones: la segunda llegada de Hong Myung-bo al banquillo. El técnico, cuya primera gestión dejó “un sabor amargo”, según la crónica de Caracol Radio, ahora intenta “escribir una página distinta”. Aquí no hay ruptura revolucionaria, sino una apuesta por la corrección de rumbo sin desconocer la continuidad institucional. Es, mutatis mutandis, lo que Tocqueville observaba en las democracias maduras: la capacidad de reformarse sin fracturarse.
La República Checa, por su parte, narra una historia distinta pero complementaria. Dos repechajes superados, un proceso “marcado por cambios y dificultades”, y ahora la determinación de demostrar que su regreso “no es casualidad”. Los checos no pueden apelar a la regularidad coreana; su camino fue el de la resiliencia en condiciones adversas. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que la civilización no depende de la ausencia de errores sino de la capacidad de corregirlos. La selección checa, forzada a transitar por el laberinto de los repechajes, encarna esa tesis con crudeza deportiva.
¿Qué separa, entonces, a estas dos naciones en el campo? No solo tácticas o talento individual. Es una divergencia en la experiencia institucional del éxito. Corea del Sur ha construido una máquina de clasificación; la República Checa ha aprendido a sobrevivir a la incertidumbre. Ambas virtudes son necesarias en cualquier sistema político que aspire a la estabilidad sin caer en la rigidez, o a la adaptación sin desembocar en el caos.
No es casual que ambas selecciones enfrenten precisamente ahora el desafío de un Mundial en el continente americano, con sus distancias, sus horarios imposibles para los televidentes de Seúl o Praga, y su atmósfera de excepcionalidad. El torneo, como los momentos de prueba en la vida de las naciones, obliga a articular lo que Hannah Arendt llamaba el “pluralidad de actores” en un espacio público compartido. Once contra once, sí, pero también sistema contra sistema, filosofía de juego contra filosofía de juego.
Los colombianos debemos observar con atención estos duelos aparentemente secundarios del Grupo B. Nuestra propia historia mundialista oscila entre el éxtasis de Italia 1990 y la ausencia dolorosa de 2022. No tenemos la regularidad coreana ni, en los últimos años, la capacidad de resurgimiento checa. La pregunta que deberíamos hacernos, mientras el balón rueda en canchas lejanas, es si estamos dispuestos a construir las institiones deportivas —y por extensión, las instituciones políticas— que sostengan el éxito más allá de la coyuntura o la figura carismática.
El partido terminará con un marcador. Pero la lección, si es que existe, quedará en suspenso: la paciencia institucional no es espectacular, no genera titulares ruidosos, y raramente es premiada en el corto plazo. Sin ella, empero, ni los Guerreros Taegeuk ni los checos estarían donde están. Y nosotros, en nuestra orilla del Pacífico, seguiremos preguntándonos por qué el talento individual no alcanza cuando faltan las estructuras que lo cobijen.