¿Puede el fútbol, en su versión más masiva y comercial, seguir enseñándonos algo sobre la virtud del esfuerzo ordenado? La pregunta suena pretenciosa hasta que se observa lo que ocurre en un Mundial donde las selecciones medianas han dejado de ser simples comparsas. Estados Unidos y Australia, ambas victoriosas en su debut del Grupo D, se enfrentaron en una contienda que trasciende la tabla de posiciones: es el choque entre dos modelos de desarrollo deportivo que apostaron por la institucionalidad en lugar del talento errático.
Los estadounidenses, anfitriones del torneo, llevan décadas construyendo una estructura que Tocqueville habría reconocido: asociaciones voluntarias, inversión privada coordinada con políticas públicas de largo plazo, una liga profesional que ya no depende del éxito episódico. No es casual que su triunfo sobre Australia, confirmado al cierre del primer tiempo, llegara con la solidez de quien sabe que el proceso importa tanto como el resultado. El 2-0 parcial no miente sobre la superioridad territorial, aunque el fútbol, mutatis mutandis, siempre guarda alguna sorpresa para el segundo acto.
Australia, por su parte, representa el otro camino posible: un país periférico en el mapa futbolístico que decidió no conformarse con la condescendencia de los poderosos. Su migración de la Confederación Oceánica a la asiática en 2006 fue, en términos políticos, una declaración de independencia. Querían competir contra mejores para volverse mejores. El resultado no ha sido lineal —no lo es nunca la verdadera mejora institucional— pero los Socceroos llegan a esta cita con la autoridad de quienes ya no piden permiso para estar en la mesa.
La tensión entre estos dos mundos —el que hereda infraestructura y el que la construye contra la geografía— es lo que hace interesante este grupo. No se trata de la rivalidad histórica que anima otros cruces; es algo más fresco y, en cierto modo, más honesto: dos equipos que saben que la clasificación directa depende de no cometer el error de subestimar al otro. En tiempos donde el deporte se contamina con narrativas identitarias que lo reducen todo a bandera y posesión, hay algo restaurador en ver a once contra once disputando un balón con las reglas del siglo XIX.
El gobierno colombiano, dicho sea de paso, podría aprender algo de esta lógica. No del espectáculo en sí, sino de la paciencia con la que Estados Unidos y Australia construyeron sus sistemas. No hubo decreto milagroso, ni intervención populista en la Federación, ni sustitución de técnicos cada seis meses por capricho presidencial. Hubo, en cambio, continuidad, inversión sostenida y respeto por la autonomía de las instituciones deportivas. La selección norteamericana no juega mejor porque un mandatario lo ordenó; juega mejor porque alguien, en algún momento, entendió que el Estado debe facilitar, no dirigir.
Claro que el fútbol resiste estas lecciones con la misma terquedad con la que resiste cualquier intento de domesticarlo. Un penal errado, una expulsión temprana, un gol en el último minuto: el azar opera con la indiferencia de los dioses epicúreos. Pero precisamente por eso vale la pena observar con atención estos partidos donde el mérito, aunque no garantiza nada, al menos tiene probabilidades razonables de imponerse. No es poco, en un mundo que parece olvidarlo.
El segundo tiempo espera. Los estadounidenses defenderán su ventaja con la prudencia de quienes saben que un Mundial se gana en los detalles; los australianos buscarán el empate con la urgencia de quienes no tienen nada que perder salvo la dignidad de haber competido. Cualquiera sea el resultado, el verdadero espectáculo ya ocurrió: dos naciones que entendieron, cada una a su modo, que el deporte de masas solo perdura cuando se cultiva con la disciplina de la res publica.