¿Por qué una nación entera suspende su respiración cuando once hombres corren tras un balón? La pregunta, formulada por los escépticos de cada época, encuentra en el Mundial una respuesta que trasciende lo meramente deportivo. Este jueves 18 de junio, con el arranque de la segunda fecha de la fase de grupos en Estados Unidos, México y Canadá, los colombianos volvemos a confrontar una verdad incómoda: somos, como sociedad, profundamente ritualistas. Y el ritual del fútbol mundial funciona como liturgia colectiva, con sus horarios sagrados, sus jerarquías y sus purificaciones.
La jornada ofrece cuatro partidos que, leídos en clave política, resultan ilustrativos. República Checa frente a Sudáfrica en Atlanta, ambas con derrota en el debut; Suiza contra Bosnia y Herzegovina en Inglewood, con ambos equipos empatados en un punto; Canadá frente a Qatar en Vancouver, con paridad previa; y México contra Corea del Sur en Zapopan, duelo de líderes del grupo A. Cuatro escenarios, cuatro narrativas distintas, un solo formato: eliminación encarnizada. Como señalaba Tocqueville sobre las democracias modernas, nos atraen los espectáculos donde el mérito individual y la fortuna se confunden, donde el desenlace permanece abierto hasta el último instante.
El caso mexicano merece atención particular. Anfitrión que venció en el partido inaugural, ahora enfrenta a Corea del Sur con la presión de quien debe consolidar liderazgo en casa. Hay aquí una lección de res publica: el que ostenta la condición de anfitrión no siempre controla el ritmo del festín. La historia del fútbol mundial registra múltiples caídas de equipos locales que confundieron el privilegio de la sede con garantía de resultado. México, en este sentido, juega contra sí mismo tanto como contra el rival asiático.
Más allá de las canchas, la pregunta técnica de cómo ver los partidos revela otra faceta de nuestra época. DirecTV, Disney+, RCN, Caracol TV y Win Sports compiten por la atención fragmentada del espectador. Solo el primero transmitirá los cuatro encuentros del día. Esta dispersión de plataformas, lejos de ser mero dato comercial, ilustra lo que Hannah Arendt diagnosticaba sobre la sociedad de masas: la atomización del consumo cultural no necesariamente enriquece la experiencia compartida. El estadio virtual reemplaza al ágora, pero sin garantizar el encuentro genuino entre ciudadanos.
Los colombianos, por ahora, observamos desde la distancia. Nuestra selección debutará posteriormente, según el calendario establecido por la FIFA para este torneo de cuarenta y ocho equipos. Esa espera, esa condición de espectadores expectantes antes que protagonistas, tiene su virtud: obliga a la reflexión antes que a la pasión inmediata. Como decía Popper, la sociedad abierta se distingue por su capacidad de autocorrección, por la posibilidad de aprender del error ajeno antes de cometer el propio. En el fútbol, como en la política, la prudencia del observador a veces supera la precipitación del actor.
El Mundial 2026, con su formato expandido y su tricameralidad geográfica, es también un experimento sobre la gobernanza internacional. Tres naciones, con sus fricciones comerciales y migratorias recientes, se han asociado bajo el paraguas de una institución privada suiza para producir el evento deportivo más visible del planeta. Mutatis mutandis, hay aquí una metáfora de las alianzas institucionales que el orden liberal ha construido desde 1945: imperfectas, costosas, pero preferibles a la autarquía o al conflicto desnudo.
Cuando el balón ruede este jueves en Atlanta, Inglewood, Vancouver y Zapopan, algo más que puntos en juego estarán en disputa. Se trata de la afirmación ritual de que, pese a todo, los seres humanos seguimos necesitando escenarios de excelencia compartida, de que la competencia regulada sigue pareciéndonos preferible a la guerra sin reglas, de que la esperanza —esa virtud teologal que Tomás de Aquino situaba entre la fe y la caridad— puede manifestarse, también, en un gol en los últimos minutos. El fútbol no explica el mundo. Pero lo condensa, a veces, con una claridad que la prosa política no alcanza.