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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 17 jun 2026

Un gol de Muñoz y la pregunta que el fútbol no resuelve

La victoria ante Uzbekistán abre el Mundial, pero también expone la tensión entre el instante glorioso y la memoria institucional.

Un gol de Muñoz y la pregunta que el fútbol no resuelve — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa ganar un partido inaugural cuando la historia reciente pesa como una losa sobre los hombros de una selección?

Daniel Muñoz anotó el gol que le dio a Colombia su primera victoria en este Mundial, y con él desató la euforia previsible de quienes veían en el equipo de Néstor Lorenzo una promesa incumplida desde hace meses. La celebración es legítima; el fútbol, como recordaba Vargas Llosa en sus crónicas, es una de las pocas liturgias civiles que nos quedan para ejercer la comunidad sin intermediarios. Pero los colombianos debemos preguntarnos si este triunfo contra Uzbekistán —selección de potencia media en el escalafón asiático— repara algo más allá del marcador.

El problema no es el gol de Muñoz, que fue técnico oportuno. El problema es lo que precedió. La eliminación prematura de la Copa América, la derrota contra equipos de menor jerarquía en la eliminatoria, la sensación de que el proyecto de Lorenzo transitaba de la solidez táctica a la improvisación estratégica. Arendt advertía que las sociedades tienden a olvidar demasiado rápido, y que el olvido es el caldo de cultivo de la repetición. El riesgo del deporte nacional, mutatis mutandis, es idéntico: cada ciclo se juzga por el último resultado, como si la memoria institucional no acumulara méritos ni deudas.

La selección colombiana de estos años tiene, sin embargo, una característica que distingue a las democracias de las tiranías del corto plazo: ha construido instituciones relativamente estables. La Federación Colombiana de Fútbol, con todos sus defectos, no es la Confederación Brasileña de 1950 ni la AFA argentina de los Mundiales perdidos. Hay una continuidad en el método de Lorenzo que merece reconocimiento aun cuando los resultados flaqueen. Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que lo importante no es quién gobierna sino cómo se puede corregir al gobernante sin derramamiento de sangre. Trasladado al terreno deportivo: lo relevante no es quién anota, sino si el sistema permite que otro anote cuando el primero falla.

Uzbekistán no es Brasil ni Francia. La victoria, en rigor, confirma lo que el ranking ya sugería. Pero el fútbol mundial tiene la virtud —o el vicio— de igualar en el ritual a las potencias con los medianos durante noventa minutos. Tocqueville observó en la democracia estadounidense una tendencia a la nivelación de condiciones que producía, paradójicamente, ansiedad por distinguirse. El Mundial opera a la inversa: la nivelación produce esperanza en quienes no la merecen estadísticamente. El gol de Muñoz alimenta esa esperanza, y hacerlo con sobriedad no es sinónimo de amargura.

Lo que sigue determinará si este triunfo fue el inicio de algo o una excepción que confirma la regla del estancamiento. Los colombianos debemos resistir la tentación de leer cada partido como metáfora del destino nacional. El deporte, al fin, es res publica solo en la medida en que la comunidad decide conversar sobre él con criterio. La victoria de hoy merece el reconocimiento puntual que el gobierno del balón, cuando acierta, exige sin condescendencia.

Mañana habrá otra crónica, otro marcador, otra oportunidad para olvidar o para recordar con justa medida. Esa es, quizás, la única lección que un gol inaugural puede enseñar sin pretensiones de sabiduría.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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