¿Puede un empate contra un rival de jerarquía constituirse en advertencia temprana, o es mera paranoia de quienes esperan que Brasil despliegue su fútbol con la autoridad de otras épocas? La primera jornada del Grupo C del Mundial 2026 deja esa interrogante suspendida, y no es retórica ociosa: cuando una selección acostumbrada a la hegemonía continental divide puntos con Marruecos, mientras Escocia —ausente de estas justas durante generaciones— ocupa la cima con paso firme, algo en el orden de las expectativas se ha alterado.
El empate 1-1 entre Brasil y Marruecos, lejos de ser un resultado anodino, revela tensiones que merecen lectura pausada. El conjunto africano, que ya demostró en Qatar 2022 que el fútbol no reconoce jerarquías heredadas, se adelantó con la anotación de Saibari al minuto 21, aprovechando un error de Lucas Paquetá que ilustra algo que Tocqueville habría reconocido: incluso en las democracias más consolidadas, la confianza excesiva en las propias instituciones genera vulnerabilidad. La igualdad llegó por medio de Vinícius Júnior, en una jugada individual que salvó el honor pero no dissipó la inquietud. Yassine Bounou, el arquero marroquí, se erigió en figura decisiva, negando a Paquetá la remontada que el público brasileño demandaba.
Mientras tanto, en el Estadio Boston, Escocia construía una victoria de otro carácter: metódica, sin concesiones al espectáculo obligado, eficaz en la medida justa. El 1-0 sobre Haití, con gol de John McGinn, no impresionará a los historiadores del arte futbolístico, pero cumple con aquella máxima de Popper sobre la sociedad abierta: no se trata de perfección, sino de corrección institucional. Steve Clarke ha dotado a los escoceses de una identidad reconocible, algo que muchas selecciones con mayor tradición han perdido en la confusión de los tiempos. Tres puntos, diferencia de gol positiva, y la sensación de un equipo que sabe qué esperar de sí mismo.
Haití, por su parte, ocupa el fondo de la tabla con la dignidad de quien debuta en esta instancia sin complejos de inferioridad. Su derrota no fue humillante; su lucha durante los noventa minutos, aunque estéril en resultados, deja una base sobre la cual construir. El fútbol, como la política, castiga con dureza las primeras imprecisiones, pero premia la persistencia organizada.
La tabla de posiciones habla con crudeza: Escocia lidera con tres puntos, Marruecos y Brasil comparten un punto con diferencia de gol en cero, Haití cierra con cero. Pero los números ocultan dinámicas que la segunda jornada podría acelerar o revertir. El 19 de junio, Haití enfrentará a Marruecos buscando la recuperación, mientras Escocia y Brasil se miden en un duelo que adquiere tintes de definitorio prematuro. Una victoria escocesa complicaría seriamente los designios de la Verdeamarela; un triunfo brasileño, en cambio, restauraría el orden esperado pero no garantizado.
Carlo Ancelotti, entrenador de vasta experiencia en clubes europeos, enfrenta aquí una prueba distinta: no es cuestión de gestionar egos millonarios, sino de recuperar una selección que parece haber perdido el habitus de la dominación. El fútbol brasileño, esa res publica deportiva que durante décadas funcionó como exportación cultural de primer orden, navega aguas de incertidumbre. No es la primera vez, claro está; pero la frecuencia de estas crisis identitarias sugiere algo más profundo que mera transición generacional.
¿Qué le queda a Brasil? Le queda, en principio, el reconocimiento de que el torneo no se gana en la primera fecha, pero tampoco se pierde en ella. Le quedan, sobre todo, dos partidos para demostrar que la hegemonía no es memoria vana sino proyecto vigente. Y le queda, como a toda tradición que se respete, la obligación de reconstruirse sin nostalgia. La pregunta que deja esta jornada no es si Brasil clasificará —los dos primeros lugares del grupo avanzan, y la tercera plaza tiene salvoconducto incierto—, sino si podrá hacerlo con la autoridad que su historia reclama, o si deberá conformarse con la lógica de los empates agónicos y las clasificaciones sufridas. El fútbol, al fin, es democracia en estado puro: cada partido vota, y cada voto cuenta igual.