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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

Brasil llega a Filadelfia con la urgencia de quien olvidó quién es

Un empate con Marruecos y la ausencia de Neymar ponen en jaque la tradición brasileña de resolver con elegancia lo que otros resuelven con pánico.

Brasil llega a Filadelfia con la urgencia de quien olvidó quién es — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una selección perder la memoria de su propio prestigio en noventa minutos? Brasil, que alguna vez convirtió el fútbol en metáfora de gracia colectiva, afronta este jueves en Filadelfia una pregunta incómoda: no solo si ganará a Haití, sino si aún sabe cómo se gana sin sufrir.

El empate inaugural contra Marruecos —con catorce remates recibidos y apenas doce realizados, una asimetría estadística que no registraba desde Argentina 1978— sugiere algo más grave que un mal día. Sugiere una interrupción en la cadena de transmisión. Carlo Ancelotti, entrenador de clubes donde el tiempo obedece a calendarios europeos, debe ahora improvisar en el tiempo dilatado de la selección, donde cada partido es un plebiscito instantáneo y donde la historia pesa como una segunda pelota.

La ausencia de Neymar Jr. no es, a estas alturas, una novedad sino una condición crónica. La lesión en el gemelo derecho, confirmada por la Confederación Brasileña de Fútbol, lo mantiene en Nueva Jersey mientras sus compañeros viajan a Pennsylvania. El comunicado institucional habla de “optimizar la fase final de su proceso de recuperación”, una frase cuya neutralidad administrativa contrasta con lo que el brasileño representó: la última fantasía individual en una tradición que antes las multiplicaba sin esfuerzo. Desde Garrincha hasta Ronaldo, pasando por Zico y Rivaldo, la selección verdeamarela supo construir su hegemonía combinando sistema y genio. Hoy el sistema titubea y el genio envejece en la tribuna.

Haití, por su parte, ofrece un espejo inesperado. Los caribeños cayeron 1-0 contra Escocia, pero con quince remates y veintidós toques en área rival: más volumen ofensivo que el propio Brasil en su debut. Es el dato menor que ilumina el dato mayor. La globalización del fútbol —ese fenómeno que Tocqueville habría reconocido como la democratización de una antigua aristocracia— significa que las jerarquías históricas ya no bastan. Haití no necesita creer en sí mismo; necesita solo que Brasil dude un instante más de lo prudente.

Ancelotti, que ha ganado Ligas de Campeones con el reloj a favor, ahora juega contra el reloj de la desconfianza acumulada. El antecedente reciente contra selecciones de la CONCACAF —ocho victorias y un empate en nueve encuentros mundialistas— es estadístico reconfortante pero filosóficamente vacío. Como recordaba Karl Popper al distinguir entre ciencia y pseudociencia, un solo contraejemplo basta para invalidar una generalización. Marruecos ya fue ese contraejemplo. Haití puede serlo de nuevo.

La pregunta que deja el grupo C no es quién pasará, sino en qué condiciones. Brasil, si resuelve con autoridad, recuperará una narrativa interrumpida. Si vuelve a sufrir, incluso ganando, habrá que preguntarse si lo que observamos es una crisis de resultados o una crisis de identidad. Y en el fútbol, como en la política, las crisis de identidad son las que más tardan en resolverse.

El balón rodará a las 7:30 p.m., hora colombiana, en un estadio de Filadelfia que alguna vez albergó a los padres fundadores de una república. Brasil necesita algo de esa fundacionalidad: volver a creer, desde cero, que puede ser lo que fue.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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