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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 13 jun 2026

El Mundial vuelve a América y la pregunta es si merecía volver

La tercera jornada del Mundial 2026 arranca con Brasil-Marruecos, pero debemos preguntarnos qué hereda este torneo tricontinental.

El Mundial vuelve a América y la pregunta es si merecía volver — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa que el fútbol más importante del planeta se dispute de nuevo en suelo americano tres décadas después de Estados Unidos 1994? La pregunta no es baladí. El sábado 13 de junio, con el debut de Brasil ante Marruecos en Nueva Jersey, arranca en serio una tercera jornada que ya dejó un empate entre Qatar y Suiza. Pero más allá de los horarios y las alineaciones, conviene detenerse en lo que este torneo representa para una América Latina que suele ver el Mundial desde la distancia, como espectadora obligada de una fiesta que otros organizan.

En 1994, la FIFA apostó por el mercado norteamericano con una mezcla de escepticismo y codicia. El torneo fue rentable, masivo, exitoso en términos comerciales. Pero el fútbol que allí se jugó quedó en la memoria por los errores de Escobar, no por la calidad del juego. Treinta y dos años después, el formato se ha hinchado hasta los 48 equipos, la sede se ha tripartitado entre Estados Unidos, Canadá y México, y la pregunta sigue siendo la misma: ¿expandir es democratizar o simplemente diluir?

Los colombianos debemos observar con atención lo que ocurre en estos días. No estamos en el torneo —una ausencia que ya duele menos por familiaridad que por resignación—, pero sí estamos en el continente que lo alberga. La cartelera de este sábado ilustra el nuevo mapa: Haití, Marruecos, Australia, Turquía. Selecciones que crecieron en los últimos lustros gracias a inversión institucional, a programas de captación de talentos, a ligas domésticas que dejaron de ser meros exportadores de jugadores. Marruecos, semifinalista en Qatar 2022, debuta contra Brasil con la serenidad de quien ya sabe que puede. Haití, por primera vez en una Copa del Mundo, enfrenta a Escocia en Boston, ciudad con una de las comunidades haitianas más grandes fuera del Caribe. El fútbol, al menos en el papel, parece haberse vuelto más horizontal.

Sin embargo, la horizontalidad del fixture no garantiza la del espectáculo. Hannah Arendt, en otro contexto, advertía sobre la confusión entre participación masiva y participación genuina. Un torneo de 48 equipos permite que más naciones “estén”, pero no necesariamente que más naciones “compitan”. Los tres partidos restantes de cada selección en fase de grupos, los horarios dislocados por tres husos temporales, la logística de una competencia que se extiende desde Vancouver hasta Ciudad de México, plantean interrogantes que el entusiasmo mediático no resuelve. El empate 1-1 entre Qatar y Suiza, ya jugado, no augura necesariamente memorias duraderas.

Brasil, claro, concentra la atención. Neymar, a sus treinta y cuatro años, reaparece en una selección que ha oscilado entre la exuberancia y la desazón desde aquel 7-1 de Belo Horizonte. El partido contra Marruecos en el MetLife Stadium de East Rutherford es, en cierto sentido, una metáfora del torneo: una potencia tradicional contra una nación emergente, en un estadio estadounidense, con horario calculado para audiencias globales. Las 5:00 p.m. de Bogotá, las 12:00 de la medianoche de Madrid, las 6:00 a.m. del domingo en Sydney. El fútbol mundial ya no tiene centro, o quizás tiene demasiados.

La transmisión, como siempre, recae en los medios locales. En Colombia, Caracol Radio y DSports dividen la cobertura. Pero más allá de la infraestructura mediática, lo que esta edición del Mundial pone en evidencia es una tensión que atraviesa al deporte moderno: la contradicción entre la retórica de la universalidad y la realidad de las desigualdades. Que Haití esté aquí es un triunfo; que Haití esté aquí mientras su país colapsa es una paradoja que el fútbol no puede resolver, solo exhibir.

Tocqueville, observando la democracia norteamericana del siglo XIX, notó cómo las asociaciones voluntarias funcionaban como escuela de ciudadanía. El fútbol, en su versión más edulcorada, ha heredado esa retórica: une, identifica, moviliza. Pero el Mundial 2026, con su formato hinchado y su geografía dispersa, corre el riesgo de convertirse en lo contrario: un evento tan grande que nadie lo siente propio. Los brasileños, acostumbrados a la expectativa como forma de vida, quizás sí. Los haitianos, por primera vez presentes, seguramente también. Para el resto de nosotros, los espectadores continentales sin equipo propio, quedará la pregunta de si ver el Mundial desde cerca es mejor que verlo desde lejos.

La respuesta, si es que la hay, llegará en las semanas venideras. Mientras tanto, el sábado ofrece su programa de cuatro partidos, sus horarios sincronizados para cinco zonas, su promesa de emoción sin fronteras. Promesa que, como todas las del fútbol, será juzgada no por lo que anuncia, sino por lo que logra hacer recordar.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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