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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

¿Qué nos enseña el empate sobre la geometría del fútbol contemporáneo?

Chequia y Sudáfrica empataron 1-1 en Atlanta, pero más allá del resultado, el partido reveló una tensión entre el control técnico y la voluntad colectiva.

¿Qué nos enseña el empate sobre la geometría del fútbol contemporáneo? — Deportes, ilustración editorial

¿Es el fútbol moderno una ciencia de la posesión o un arte de la resistencia? La pregunta, que parece retórica, cobra relieve cuando observamos el empate entre República Checa y Sudáfrica en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, un encuentro que terminó 1-1 y que dejó a ambas selecciones, mutatis mutandis, con opciones matemáticas de clasificación en el Grupo A del Mundial 2026.

El partido, relatado por medios locales, presentó una arquitectura clásica: un gol temprano del conjunto europeo —obra de Michal Sadilek al minuto seis—, seguido de una larga gesta de contención administrativa que terminó por parecer, no sin ironía, una forma de autoinmolación táctica. Chequia tuvo el balón donde quiso durante buena parte del primer tiempo, pero ese “tener” se convirtió, como advierte Tocqueville cuando describe las democracias que se adormecen en su propia complacencia, en una forma de abandono. El dominio técnico del mediocampo checo —con nombres como Vladimír Coufal y Adam Hlozek— generó una ilusión de control que los sudafricanos supieron desmantelar con paciencia, no con genialidad.

Sudáfrica, privada de su referente Themba Zwane por una sanción que ya ha generado polémica en la prensa especializada, construyó su reacción desde la modestia institucional del equipo. Los “Bafana Bafana” no brillaron, pero persistieron. Teboho Mokoena, quien curiosamente había llorado durante el himno nacional, fue la figura emotiva del encuentro: convirtió el penal del empate al minuto 83, engañó al portero Matej Kovar con una ejecución pausada, y celebró llevándose la mano al corazón. El gesto, lejos del exhibicionismo que caracteriza a ciertas estrellas contemporáneas, sugiere una concepción del juego como res publica, como asunto colectivo en el que el individuo es servidor temporal de una causa mayor.

La tensión central del partido —y de esta columna— reside en esa inversión de roles: Chequia, heredera de una tradición futbolística que combina la técnica bohemia con la disciplina germánica, terminó pidiendo la hora ante un rival que ella misma había subestimado. Sudáfrica, por su parte, demostró que en el fútbol de alta competición la posesión del balón no garantiza la posesión del destino. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, distingue entre el poder como capacidad de actuar en conjunto y la violencia como instrumento de dominación individual. Aplicada mutatis mutandis al terreno de juego, la distinción ilumina: Chequia ejerció dominación sin lograr poder; Sudáfrica ejerció poder sin haber dominado.

El empate dejó al Grupo A en una situación de incertidumbre que el fútbol contemporáneo, con sus formatos de clasificación calculados al milímetro, tiende a evitar. México y Corea del Sur, que se enfrentan en la misma jornada, podrían quedar con un pie en la siguiente ronda; o podrían no hacerlo, y entonces todo se definirá en la última fecha. Esta estructura, que parece diseñada para maximizar la emoción televisiva, plantea una pregunta más incómoda: ¿el espectáculo deportivo ha reemplazado la lógica competitiva por una lógica del suspense narrativo? ¿Y los equipos medianos, como Chequia o Sudáfrica, no son en cierto modo rehenes de un sistema que los obliga a jugar no para ganar, sino para no perder demasiado pronto?

No hay respuesta fácil. El antídoto contra el sesgo, como decimos en esta casa editorial, es documentar: el VAR confirmó la mano de Pavel Sulc que originó el penal del empate; el árbitra estadounidense Tori Penso aplicó el protocolo con corrección técnica; el estadio, con sus 70.000 espectadores, fue testigo de una paridad que ninguno de los dos equipos supo o quiso romper. El fútbol, en su versión más honesta, es esto también: la aceptación de límites compartidos.

Al final, Mokoena se llevó la mano al corazón y Kovar, el portero checo, tuvo que conformarse con mirar el balón en su red. La imagen queda, como quedan ciertas preguntas en el aire, sin respuesta definitiva pero con una invitación implícita: la de reconocer que en el deporte, como en la política, la victoria más duradera no siempre es la que se registra en el marcador.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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