¿Es el fútbol moderno un deporte de momentos o de estructuras? La segunda jornada del Grupo B del Mundial 2026 ofrece material para ambas lecturas, aunque la evidencia inclina la balanza hacia una verdad incómoda: en el torneo más importante del planeta, la eficacia en el tramo decisivo raramente perdona al que especula.
Suiza actuó con la paciencia que le otorga una tradición de torneos recientes. Contra Bosnia y Herzegovina, mantuvo el equilibrio durante setenta minutos hasta que Johan Manzambi —dos veces—, Ruben Vargas y el penal de Granit Xhaka en el tiempo añadido convirtieron un partido parejo en una paliza que no refleja del todo el desarrollo, pero sí la contundencia de quien sabe cuándo acelerar. El 4-1 final deja a los helvéticos con cuatro puntos y, lo que es más relevante, con la sensación de un equipo que no necesita dominar los noventa minutos para sentenciar.
Canadá, empero, propuso algo distinto. La paliza 6-0 contra Qatar en Vancouver fue, según registros del mismo torneo, la mayor exhibición ofensiva de una selección de la Concacaf en esta edición. Jonathan David firmó un hat-trick y el equipo de Jesse Marsch demostró que el fútbol norteamericano ha dejado atrás la etapa de simples aspiraciones. Los cuatro puntos, con diferencia de gol de +6, los colocan provisionalmente primero. La lesión de Ismaël Koné, sin embargo, introduce una nota de incertidumbre que podría resultar costosa en octavos si el mediocampista no se recupera.
La tabla habla sin eufemismos. Canadá y Suiza lideran con cuatro puntos; Bosnia y Qatar, con uno cada uno, dependen de combinaciones matemáticas que solo Tocqueville habría considerado posibles en una democracia directa. Bosnia, que llegaba con tres puntos tras la primera jornada, vio cómo una derrota —aunque contundente— la deja al borde. Qatar, anfitrión del torneo anterior y ahora participante sin condición especial, cierra sin unidades y con la eliminación consumada antes de la última fecha.
Aquí cabe una reflexión que trasciende lo deportivo. El sistema de grupos de treinta y dos equipos, con dos clasificados por zona, fue diseñado para premiar la regularidad. Sin embargo, la historia reciente de los mundiales muestra que la regularidad en la fase de grupos raramente predice el desempeño en eliminación directa. Alemania 2006, España 2010, Argentina 2022: todos campeones que tropezaron en algún momento de la primera ronda. La pregunta, entonces, es si Canadá y Suiza construyen algo sólido o si meramente aprovechan un grupo sin potencias consolidadas.
El estilo de Marsch, con su impronta del pressing alto y la verticalidad, contrasta con la sobriedad táctica suiza. Son dos modelos de país pequeño que han decidido que la excelencia deportiva es un campo de competencia legítimo en el que invertir recursos institucionales. No es casual que ambas naciones figuren entre las con mejor índice de desarrollo humano del planeta. El deporte, mutatis mutandis, funciona aquí como metáfora de algo más amplio: la capacidad de definir prioridades nacionales y sostenerlas en el tiempo.
La última jornada definirá cruces y animará cálculos. Pero lo que ya quedó establecido es que este Grupo B dejó de ser territorio de conjeturas. Qatar se va; Bosnia necesita un milagro; los dos líderes jugarán, en cierto modo, con la tranquilidad de quien ya cumplió el mínimo indispensable. La pregunta que queda flotando es si esa tranquilidad será virtud o trampa cuando el torneo exija otra intensidad, otra clase de coraje.
Porque el Mundial, como recordaba Hannah Arendt sobre las instituciones libres, no se gana en los momentos de aparente facilidad, sino en aquellos donde la tensión revela de qué está hecho un equipo. Todavía falta ver esa tensión en Canadá y Suiza.