¿Puede el fútbol seguir siendo, como lo fue para Huizinga, un espacio de homo ludens libre de la instrumentalidad que corroe lo público? La pregunta me asalta viendo cómo el Mundial 2026, ese ritual cuatrienal que alguna vez concentró la atención planetaria sin necesidad de banderazos masivos en plazas extranjeras, se despliega ahora como aparato de Estado: estadios remodelados con cifras astronómicas, convocatorias de hinchas organizadas con precisión logística, y una cobertura mediática que confunde el minuto a minuto con el acontecimiento histórico.
Según Infobae, la renovación del BC Place de Vancouver superó los 500 millones de dólares canadienses, una inversión que transformó el techo original en una estructura retráctil de cables de acero. El mismo medio documenta que el estadio fue inaugurado para la Expo 86, ceremonia a la que asistieron el entonces príncipe Carlos y la princesa Diana. No escribo esto desde la melancolía del purista. Los colombianos sabemos que el fútbol ha sido, mutatis mutandis, campo de batalla político desde el siglo XX: del bogotazo al fútbol para la paz de Samper, la pelota ha rodado siempre cargada de significado. Pero hay una diferencia entre el significado emergente y la sobre-determinación. Lo que observo en este Suiza-Argelia de dieciseisavos de final —con Riyad Mahrez, a sus 35 años, convertido en estandarte de una selección que apenas suma cuatro partidos mundialistas en su historia— es algo distinto: la transformación del deporte en performance identitaria donde la nación se representa a sí misma sin mediaciones democráticas.
Tocqueville, en su primer viaje a América, notó cómo las asociaciones voluntarias constituían la escuela de la libertad. El estadio, en cierta forma, era una de ellas: gente que pagaba por congregarse, que elegía su pasión sin coacción estatal. Hoy el BC Place, según los comunicados oficiales citados por Infobae, exhibe su techo de cables como quien exhibe portaaviones: señal de capacidad técnica, de inserción en el concierto de las naciones que importan. Canadá, anfitriona junto a Estados Unidos y México, funciona menos como ágora que como infraestructura de prestigio nacional.
La Argelia de Mahrez encarna esta paradoja con particular crudeza. Un equipo compuesto en buena medida por futbolistas nacidos en Francia —el propio Mahrez es de Clichy, Aouar de Lyon, Gouiri de Bourg-en-Bresse, según la nómina publicada por Infobae— que viste los colores de una república postcolonial cuya relación con la metrópoli sigue siendo, cuatro décadas después de la independencia, una herida abierta. ¿Qué significa, en 2026, que estos jugadores de origen francés elijan el verde de los “Zorros del desierto”? La pregunta no admite respuesta única: hay gestos de reivindicación identitaria, cálculos profesionales, lealtades familiares, y también esa lógica del mercado global que distribuye talentos como mercancías.
Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, describió cómo el imperialismo europeo dejó como legado la transformación del ciudadano en súbdito de burocracias impersonales. El fútbol internacional contemporáneo reproduce, a su escala, esa lógica: el jugador es simultáneamente mercenario libre y símbolo nacional, sin que ninguna de las dos funciones lo agote. Mahrez anota 40 goles en 118 partidos con Argelia, cifras que Infobae registra como parte de su trayectoria, pero su verdadero valor de cambio está en la pantalla, en el streaming, en la capacidad de convocar atención monetizable.
Suiza, por su parte, ofrece el contrapunto institucionalista que La Bitácora no puede dejar de registrar. Una selección sin estrellas mediáticas comparables —Granit Xhaka como capitán, Breel Embolo como referencia ofensiva— pero con una estructura federativa que prioriza la continuidad sobre el relámpago. Murat Yakin, su entrenador, no aparece en las portadas por polémicas declaraciones; su trabajo es técnico, casi alemán en su sobriedad. El fútbol helvético no produce banderazos en Times Square, pero tampoco necesita de ellos para existir.
¿Es preferible este modelo? Popper, defensor de la “sociedad abierta”, sospechaba de cualquier comunidad que exigiera lealtades absolutas. El nacionalismo deportivo, en su forma visceral, comparte algo con el tribalismo que el filósofo austriaco temía. Pero también es cierto que, sin alguna forma de identificación colectiva, el estadio se vacía de sentido: nadie paga por ver once individuos anónimos correr tras una pelota. El dilema no es fácil, y quien lo resuelva con fórmulas preconcebidas miente o no ha estado nunca en una tribuna.
Lo que sí puedo documentar, sin invenciones, es el dato concreto: este partido se juega en Vancouver, a las 22:00 horas de Colombia, con transmisión de Caracol y RCN según la parrilla que Infobae publica. El BC Place alberga ahora a 54.500 espectadores que pagaron, en su mayoría, precios que no quiero imaginar. Y Argelia, que empató 3-3 con Austria en Kansas con doblete de Mahrez, busca un cupo a octavos que enfrentaría al ganador de Colombia-Ghana.
La pregunta que dejo flotando, porque no me corresponde resolverla, es si todavía es posible —o deseable— recuperar para el deporte algo de esa res publica que el imperio del espectáculo ha reemplazado por show de competencia nacional. O si, como parece indicar todo, debemos resignarnos a que el Mundial sea, cada cuatro años, el espejo fiel de nuestro tiempo: globalizado, mercantilizado, espectacular, y sin embargo, irremediablemente capaz de producir, en algún rincón impredecible del campo, un gesto de belleza que trascienda sus condiciones.
Eso fue, al fin, lo que nos legó el fútbol: no la gloria de los estados, sino el instante donde el tiempo se detiene y un cuerpo hace con la pelota algo que ningún sistema había previsto. Que ese instante sobreviva, aunque sea como excepción, es quizás lo único que podemos pedirle a esta máquina perfecta que hemos construido.
Fuente: Infobae Colombia