¿Cuándo dejó el fútbol de ser suficiente por sí mismo? Esta pregunta, que parece ociosa ante la proximidad de una final entre España y Argentina, cobra urgencia cuando examinamos lo que rodea al partido decisivo del Mundial 2026. El encuentro entre la Roja y la albiceleste, con Lionel Messi buscando el bicampeonato y Lamine Yamal disputando su primera gloria absoluta, se jugará en un estadio ubicado en las afueras de Nueva York. Según reportó Bloomberg Línea, la transmisión será accesible para América Latina en horarios que van desde las 13:00 en México hasta las 16:00 en Argentina; en Colombia, Caracol, RCN y la plataforma Ditu cubrirán el evento. La información es clara, la logística resuelta. Sin embargo, algo más inquietante ocurre en los márgenes del evento.
Por primera vez en la historia de la Copa del Mundo, la final incluirá un espectáculo de medio tiempo producido con el estándar del Super Bowl estadounidense. Bloomberg Línea registró la lista de artistas anunciada por la FIFA: Shakira, Madonna, BTS, Coldplay con los Muppets, Burna Boy, Robbie Williams, Laura Pausini. La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y la Filarmónica de Nueva York, bajo Gustavo Dudamel, ofrecerán un homenaje a Venezuela tras los terremotos, según reportó Variety y fue recogido por el mismo medio. La lista es impresionante, abrumadora, casi agotadora. Parece diseñada para que nadie pueda mirar hacia otro lado, ni siquiera durante los quince minutos que tradicionalmente servían para respirar entre mitades.
Aquí conviene recordar lo que Hannah Arendt observó sobre el espectáculo como forma de dominación moderna: no necesita convencer, solo necesita ocupar la atención. El fútbol, ese juego elemental de once contra once que fascinó a las masas obreras del siglo XX, parece haber entrado en una competencia desigual contra sus propios apéndices. El partido dura noventa minutos; la parafernalia previa y ajena, horas. La pregunta no es si el espectáculo estará bien ejecutado —lo estará, según anunció la FIFA, con la producción de Global Citizen y la dirección creativa de Chris Martin—, sino qué vacío pretende llenar.
Tocqueville, en su análisis de la democracia norteamericana, advirtió sobre el gusto por las sensaciones inmediatas que caracteriza a las sociedades igualitarias. El ciudadano democrático, decía, prefiere lo grande y lo brillante, aunque sea pasajero, antes que lo profundo y lo duradero. La final de este domingo parece una ilustración perfecta de esa tensión. Messi contra Yamal, la continuidad contra la irrupción, la experiencia contra la juventud: ese drama contenido en el campo de juego debería bastar. Que no baste —que la organización del torneo sienta necesidad de superponerle un espectáculo multimedia de envergadura sin precedentes— revela algo sobre nuestra capacidad de concentración, o mejor dicho, sobre nuestra incapacidad de sostenerla.
No hay aquí una condena moral fácil. Los colombianos que nos conectemos a las dos de la tarde buscaremos entretenimiento, y el entretenimiento legítimo incluye desde el pase preciso hasta el playback coreografiado. El problema surge cuando lo accesorio se vuelve estructural, cuando el evento deportivo deja de ser el eje para convertirse en el pretexto. La Copa del Mundo, nacida de una necesidad de identificación nacional y competencia pacífica entre pueblos, muta mutatis mutandis en plataforma de consumo cultural global. El res publica del balón cede terreno ante la res privata del espectáculo individualizado, consumible en cualquier pantalla, en cualquier momento.
Hay, eso sí, un gesto digno de nota en medio de esta saturación: el homenaje a Venezuela por los sismos, con Dudamel dirigiendo orquestas que simbolizan la fractura y la esperanza de un país en crisis. Ese momento, breve quizás, introduce una nota de solemnidad que el resto del espectáculo parece diseñado para disolver. Es un recordatorio de que incluso en el exceso puede haber intención, incluso en el ruido puede haber memoria.
Argentina defenderá su título; España buscará repetir lo logrado en Sudáfrica 2010. El resultado deportivo importará, claro que sí. Los goles serán recordados, las jugadas analizadas, el campeón celebrado. Pero la pregunta que nos deja esta final, más allá del marcador, es si todavía sabemos mirar algo sin que nos exijan mirar otra cosa simultáneamente. Si el fútbol, ese deporte tan simple que solo requiere una pelota y espacio abierto, sigue siendo capaz de sostener nuestra atención por sí solo. La duda, en sí misma, ya es una respuesta incompleta que debería inquietarnos.
[Fuentes: Bloomberg Línea]