¿Cuándo dejó el fútbol de ser un juego para convertirse en un espectáculo total? La pregunta, que parece pertenecer a la sociología de la cultura más que a la crónica deportiva, se impone con urgencia ante la final del Mundial 2026 que enfrentará a España y Argentina este domingo en el New York New Jersey Stadium. No es la contienda en sí —dos naciones de tradición futbolística, una buscando el bicampeonato, la otra su segundo título— lo que suscita la reflexión, sino el marco en que se produce: un show de medio tiempo producido por Global Citizen, con Shakira, Madonna, BTS, Coldplay y los Muppets compartiendo escenario, y una ceremonia de clausura que, según Variety, rendirá homenaje a Venezuela tras los sismos con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo Gustavo Dudamel.
La FIFA ha tomado prestada la fórmula del Super Bowl, mutatis mutandis, y la ha globalizado. El fenómeno no es nuevo. Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, diagnosticó ya en 1967 cómo la realidad se sustituía por su representación. Lo que entonces era una tesis filosófica hoy es una estrategia de marketing. El fútbol, que nació como res publica de los barrios y las canchas de tierra, se ha convertido en un producto audiovisual cuyo valor de consumo excede ampliamente su valor de competencia. La pregunta no es si esto es bueno o malo en abstracto, sino qué se pierde y qué se gana en la transacción.
Por un lado, la democratización del acceso. Los colombianos podrán seguir el partido a las 14:00 por Caracol, RCN y la plataforma Ditu; los mexicanos a las 13:00 por Canal 5, Azteca 7, TUDN y ViX; los peruanos a la misma hora por América Televisión, Latina y América TVGO. La multiplicidad de ventanas garantiza que el espectáculo llegue a audiencias que hace tres décadas dependían de una única señal estatal. La tecnología, en este sentido, ha cumplido su promesa emancipadora.
Por otro lado, la saturación. Cuando el evento deportivo se confunde con el concierto masivo, cuando la figura de Lionel Messi comparte cartel con la de Madonna, el riesgo es que el juego mismo —la tensión estratégica entre España y Argentina, el duelo generacional entre Messi y Lamine Yamal— quede como un interludio entre espectáculos. El fútbol se convierte en excusa, no en fin. Tocqueville observaba que la democracia tendía a nivelar las grandezas; hoy podríamos decir que el mercado tiende a nivelar los géneros, disolviendo las fronteras entre deporte, música y activismo benévolo en una sola pasta consumible.
No hay aquí una condena moral. La Bitácora no ha sido nunca hostil al comercio ni a la modernidad. Pero sí cabe la distinción analítica. El homenaje a Venezuela, por ejemplo, merece separarse del aparato festivo. Que Dudamel dirija a la Orquesta Simón Bolívar junto a la Filarmónica de Nueva York para recordar una tragedia humanitaria es un gesto de dignidad cultural que no necesita de Shakira para legitimarse. Mezclarlo todo en un mismo envase, con la misma música de fondo, corre el riesgo de banalizar lo que debería ser solemne y solemizar lo que debería ser ligero.
Argentina busca defender el título conseguido en Qatar 2022; España, repetir la gesta de Sudáfrica 2010. Son narrativas deportivas con densidad histórica. El bicampeonato argentino consolidaría a una generación dorada; el segundo título español confirmaría el ciclo de renovación iniciado tras la decadencia de los años intermedios. Estas historias tienen suficiente peso propio. No necesitan de los Muppets para interesarnos, aunque tampoco se degradan por su presencia. El punto es que el espectáculo total, como diagnóstico, nos obliga a ser conscientes de lo que miramos: si un partido de fútbol o un megaevento donde el fútbol ocurre a veces.
La democracia, decía Popper, es la institución que permite corregir los errores sin derramamiento de sangre. El espectáculo total, mutatis mutandis, es la institución que permite venderlos sin fricción de sentido. Los colombianos que sintonizemos el domingo a las 14:00 tendremos, como siempre, la opción de cambiar de canal. Pero también tendremos la opción más valiosa: la de mirar con atención suficiente para distinguir el juego del espectáculo, y valorar cada uno en su justa medida.