¿Puede un espectáculo deportivo sobrevivir a su propia magnificencia? La final del Mundial 2026, que enfrentará a España y Argentina este domingo en el estadio de New York New Jersey, nos obliga a plantear la pregunta con una urgencia inédita. Por primera vez en la historia de la Copa del Mundo, el intermedio incluirá un show de medio tiempo producido por Global Citizen y dirigido creativamente por Chris Martin, vocalista de Coldplay, con participaciones de Shakira, Madonna, BTS, los Muppets, Burna Boy y los Uganda Kids. La ceremonia de clausura, según reporta Variety citado por Bloomberg Línea, reunirá a Laura Pausini, Robbie Williams, una orquesta venezolana y una filarmónica neoyorquina bajo la dirección de Gustavo Dudamel, en un homenaje a las víctimas de los sismos venezolanos.
La analogía con el Super Bowl es explícita y, en cierto sentido, inevitable. El modelo estadounidense ha demostrado que el entretenimiento masivo multiplica audiencias y rentas publicitarias. Mutatis mutandis, la FIFA parece haber concluido que el fútbol, en su forma pura, ya no basta. El dato operativo es simple: el partido comenzará a las 15:00 horas de Nueva York, las 14:00 en Colombia, y podrá seguirse por Caracol, RCN y la plataforma Ditu. Pero el horario y las señales son apenas el contenedor de una experiencia que aspira a trascender lo meramente deportivo.
Los colombianos debemos observar esta evolución con una mezcla de fascinación y recelo. No hay razón para negar el talento de los artistas convocados ni la nobleza del gesto hacia Venezuela. Dudamel, en particular, representa una síntesis rara entre excelencia artística y compromiso social que pocas figuras contemporáneas logran. Sin embargo, la pregunta que Tocqueville habría formulado ante este fenómeno persiste: ¿qué sucede con una sociedad cuando confunde el espectáculo con la participación cívica? La democracia, advertía el francés, corre el riesgo de degenerar en una serie de entretenimientos privados que anestesian la virtud pública.
El fútbol, en América Latina, ha funcionado históricamente como excepción a esta lógica. No era solo entretenimiento; era ritual colectivo, espacio de identificación nacional, ocasión para que clases sociales distantes compartieran una misma ansiedad. La final de 2026, con su elenco pop de alcance global, parece apostar por una universalidad que diluye precisamente esa densidad particular. Messi contra Yamal, Argentina contra España, la defensa de un bicampeonato contra la búsqueda de un segundo título tras el de Sudáfrica 2010: estos núcleos narrativos genuinos compiten ahora con la promesa de un espectáculo multimedia diseñado para audiencias que quizás ignoren el offside.
No se trata de nostalgia reaccionaria. Los tiempos cambian, y las instituciones que no se adaptan perecen. Pero la adaptación no es sinónimo de disolución. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, distinguía entre reforma gradual y destrucción revolucionaria de las tradiciones que sostienen el tejido social. La FIFA, al importar el modelo del Super Bowl, parece optar por una tercera vía: la acumulación sin criterio, la adición de capas de espectáculo que no dialogan necesariamente con el evento central.
La ironía, si se me permite, es que esta final opone precisamente a dos selecciones con tradiciones futbolísticas profundas. Argentina, con Messi en lo que presumiblemente será su última aparición mundialista, encarna la continuidad de una escuela que produjo a Di Stéfano, Maradona y ahora al rosarino. España, con Yamal como emblema generacional, representa la renovación de un estilo que dominó el fútbol internacional entre 2008 y 2012. Ambas naciones tienen algo que el show de medio tiempo no puede fabricar: memoria institucional, identidad de juego, proyectos formativos que trascienden a sus estrellas individuales.
Los colombianos, ausentes de esta final, tenemos una ventaja metodológica: podemos observar sin la ceguera partidista que afecta a argentinos y españoles. Y desde esa distancia, la pregunta que deberíamos hacernos es si queremos que nuestro fútbol siga esta ruta. La Liga BetPlay no es la Premier, ni la selección nacional compite por títulos mundiales con regularidad. Pero precisamente por eso, nuestra relación con el deporte rey conserva algo que el mercado global no ha colonizado del todo: una proximidad, una familiaridad, un sentido de propiedad que no depende de la escala.
El domingo, millones de colombianos sintonizarán Caracol o RCN a las dos de la tarde. Algunos lo harán por el fútbol, otros por el espectáculo, la mayoría por una combinación difusa de ambos. No hay respuesta correcta. Pero Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre la confusión entre lo público y lo privado como condición de posibilidad para la manipulación política. El deporte, en su versión más noble, es espacio público por excelencia. Cuando el espectáculo lo privatiza, cuando lo convierte en consumo individual masificado, algo se pierde que no recuperamos con mejores efectos especiales ni con listas de música más elaboradas.
La final terminará, un equipo levantará la copa, y el show de medio tiempo pasará a los anales como primera edición de una tradición que probablemente se consolidará. Los colombianos debemos decidir si aplaudimos esta evolución o si, al menos, mantenemos viva la pregunta sobre lo que significa jugar —y ver jugar— en una democracia que ya de por sí tiene suficientes distracciones.