¿Qué significa hoy ser Brasil en un Mundial de fútbol? La pregunta, que parecía retórica durante décadas, adquiere una urgencia inusitada cuando la Canarinha inaugura su participación en el certamen de Norteamérica 2026. No se trata ya de la certeza de los tiempos de Pelé o de la elegancia funcional del tetra de 1994. Se trata, más bien, de una selección que debe reafirmar una identidad futbolística erosionada por años de improvisación federativa, de técnicos efímeros y de una juventud prometedora que aún no traduce su talento individual en dominio colectivo.
La coincidencia geográfica no es menospreciable. Fue en Estados Unidos donde Brasil conquistó su cuarto título mundial, aquel de Romario y Bebeto, de la mística del “paralelepípedo” de Carlos Alberto Parreira. Hoy regresa al mismo escenario con una carga distinta: no la de favorito indiscutible, sino la de candidato que debe demostrar. Los once goles en amistosos previos alimentan expectativas, claro, pero los colombianos sabemos bien que los amistosos son el espejo donde las ilusiones se acicalan antes de que la competencia verdadera las desvista.
El adversario, empero, impone una revisión de las jerarquías heredadas. Marruecos no es ya la selección exótica que los europeos y sudamericanos enfrentaban con paternalismo. Su semifinal en Catar 2022 fue el anuncio de una consolidación que la fase clasificatoria impecable —todos los partidos ganados— ha confirmado sin ambages. El fútbol africano, que durante años osciló entre el talento individual desbordante y la fragilidad táctica colectiva, ha encontrado en los marroquíes una síntesis que obliga al respeto. No asustan; imponen respeto. La distinción, mutatis mutandis, es la que separa al perturbador del contender.
Aquí conviene recordar lo que Tocqueville observaba sobre las democracias: que el hábito de la igualdad, una vez establecido, genera expectativas que ningún orden anterior puede satisfacer. Algo análogo ocurre en el fútbol global. La globalización del juego, la profesionalización de las estructuras formativas en continentes antes periféricos, ha nivelado el terreno hasta donde las diferencias históricas ya no garantizan resultados. Brasil sigue siendo la selección con más partidos y más victorias en Mundiales; pero esa estadística, como toda herencia, es un capital que se agota si no se renueva.
¿Y Colombia, desde dónde observamos este partido? Desde una posición incómoda, diría. Nuestra ausencia del certamen —pues no clasificamos— nos convierte en espectadores de lujo de un torneo que disputamos simbólicamente a través de otros. Pero también nos permite una lucidez que el compromiso directo a veces nubla. Vemos en Marruecos lo que pudo ser, o lo que quizá sea, nuestra propia consolidación: una selección que trasciende el talento individual para construir una identidad colectiva reconocible. Vemos en Brasil la nostalgia de un modelo que supimos enfrentar con dignidad, aunque rara vez con victoria definitiva.
La pregunta que deja el partido, más allá del resultado puntual, es de largo aliento: ¿el fútbol mundial está entrando en una era de dispersión de poderes, donde las tradiciones ya no bastan? O, por el contrario, ¿los grandes torneos siguen siendo el territorio donde las estructuras históricas se reafirman contra la contingencia del momento? Brasil vs. Marruecos no es solo un partido de grupo. Es, en su modesta escala, un examen de esas dos hipótesis. Y los colombianos, desde nuestra bitácora de ausentes, tenemos buenos motivos para seguirlo con atención.