¿Qué distingue a una selección deportiva que compite de igual a igual frente a las potencias establecidas de una que permanece en la periferia del éxito? La pregunta, formulada por Tocqueville respecto a las democracías emergentes, adquiere relevancia inesperada esta noche en el Coliseo Evangelista Mora de Cali, donde Colombia enfrenta a Brasil en una de las ventanas decisivas de las Clasificatorias al Mundial FIBA 2027.
El contexto no es benigno. La derrota 81-79 ante Chile, consumada en los segundos finales de un partido que el equipo de Tomás Díaz Pérez dominó durante largos tramos, dejó en evidencia una fragilidad recurrente del deporte nacional en todas sus disciplinas: la capacidad de cerrar. No se trata de una carencia técnica exclusiva, sino de lo que Hannah Arendt identificaba como la diferencia entre el potere y el potenza, entre tener poder y saber ejercerlo con efectividad institucional. En el tabloncillo, como en la res publica, la posesión persistente del balón no garantiza el resultado si falta la templanza del último cuarto.
Sin embargo, la historia reciente autoriza cierto optimismo mesurado. En 2022, Barranquilla fue escenario de una victoria histórica sobre esta misma selección brasileña, entonces considerada invencible en condición de visitante. Ese resultado no fue anomalía estadística, sino demostración de que el baloncesto colombiano ha construido, mutatis mutandis, una estructura competitiva sostenible. La gesta de hace tres años pertenece al género de los hitos que Popper asignaba a las sociedades abiertas: no la victoria definitiva, sino la refutación permanente del determinismo que postula que los pequeños no pueden.
La convocatoria para esta ventana revela, asimismo, un dato institucionalmente relevante. La presencia de Hayner Montaño y Cristian Solís, ambos procedentes de Toros del Valle, evidencia que el desarrollo del baloncesto nacional no depende exclusivamente de la diáspora estadounidense o de los circuitos europeos. Cuando las ligas locales producen talento exportable a la selección mayor, el deporte deja de ser proyecto de elites para convertirse en bien público con raíces territoriales. Cali, durante esta semana epicentro continental del baloncesto, ejemplifica esa centralidad que las ciudades intermedias pueden alcanzar cuando el Estado no monopoliza la organización deportiva sino que facilita las condiciones de competencia.
El escenario de esta noche impone una aritmética implacable. Una victoria significaría el tercer triunfo colombiano en el certamen y conservaría opciones matemáticas viables para la segunda fase, previo al encuentro del miércoles contra Venezuela. La derrota, en cambio, complicaría severamente una clasificación que ya enfrentaba el obstáculo de competir contra selecciones con presupuestos superiores y estructuras de clubes más consolidadas. No hay aquí garantías constitucionales ni salvaguardas judiciales: el deporte internacional opera bajo la lógica del agon griego, donde el resultado legitima o descalifica sin apelación.
La pregunta inicial, entonces, encuentra respuesta parcial en lo que ocurra entre las 7:10 p.m. de hoy y el pitazo final. Colombia no necesita vencer a Brasil para confirmar que pertenece al concierto de las selecciones competitivas; pero sí requiere demostrar, una vez más, que la derrota puntual no determina la condición permanente. En el baloncesto, como en la política, las revanchas se construyen con paciencia institucional y se ejecutan con templanza individual. Que el Coliseo Evangelista Mora sea testigo de ambas.