¿Qué le exige a un equipo de fútbol convertirse en el primer y único en la historia en disputar partidos de un mismo Mundial en tres países distintos? La pregunta no es retórica. Colombia, al clasificar a octavos de final, arrastra una marca que pocos celebran con la debida atención: más de 7.300 kilómetros recorridos entre México, Estados Unidos y Canadá, sin patrón logístico consistente, enfrentando a Uzbekistán, Congo, Portugal, Ghana y ahora Suiza en escenarios que van del altiplano azteca a la costa pacífica canadiense.
El Mundial de 2026 es, ante todo, un experimento geopolítico. Nunca antes tres naciones habían compartido la organización de la competición más vigilada del planeta. La FIFA, en su lógica de expansión comercial, impuso una geografía que desafía las leyes más elementales del rendimiento deportivo. Los analistas de Covers, portal especializado en apuestas y estadísticas, ya habían advertido que Colombia recibiría una de las peores rutas del torneo. No era conjetura: era matemática. Mientras otras selecciones anclaban en una región, la nuestra ha debido reconstituirse en Ciudad de México, luego en Miami y Kansas City, y ahora en Vancouver, con husos horarios, climas y altitudes distintas.
Aquí convoca una distinción que Tomás de Aquino hubiera apreciado: la diferencia entre el jus y la factum, entre el derecho formal y la realidad concreta. Colombia tiene el derecho de competir en igualdad de condiciones; pero el hecho es que ningún otro equipo ha debido sortear semejante itinerario. La Selección Mexicana, por ejemplo, jugó sus fases de grupo y octavos en su propio territorio. Los estadounidenses, anfitriones por derecho propio, no cruzaron fronteras hasta donde se sabe. El sorteo, supuestamente ciego, deparó una asimetría que el reglamento no contempla porque no podía preverla: el torneo mismo es inédito.
Tocqueville observó en La democracia en América que las instituciones democráticas tienden a ignorar las desigualdades de condición que el principio formal de igualdad no alcanza a ver. Algo análogo ocurre aquí. La FIFA proclama la equidad competitiva mientras somete a ciertos equipos a condiciones logísticas que otros no padecen. No es conspiración; es distracción institucional, la incapacidad de quienes diseñan reglas para lo ordinario de anticipar las distorsiones de lo extraordinario.
El mérito de Colombia, entonces, trasciende el resultado deportivo. Clasificar a octavos bajo estas condiciones —con un gol agónico de Jhon Arias contra Ghana en Kansas City, con el equipo visiblemente desgastado— revela una virtud que el espectáculo televisivo oculta: la resistencia como forma de excelencia. No es la elegancia del juego asociado; es otra cosa, más prosaica y quizás más honorable. Los jugadores no han podido establecer rutinas. Han dormido en hoteles de cinco ciudades distintas. Han comido en horarios imposibles. Y sin embargo, como señala la crónica de Caracol Radio, son la única selección que ha competido bajo los tres anfitriones del torneo.
La ironía es que esta rareza histórica podría terminarse precisamente donde comenzó su verdadera dificultad. Si Colombia vence a Suiza en Vancouver —el último partido que se jugará en Canadá—, los cuartos de final en adelante se disputarán íntegramente en Estados Unidos. El equipo, finalmente, dejaría de ser nómada. Pero la pregunta persiste: ¿debería la FIFA, en futuras ediciones multipartitas, establecer corridas de sedes que minimicen la movilidad de cada selección? ¿O la logística desigual es precisamente el precio de un torneo que privilegia la expansión geográfica sobre la pureza competitiva?
No tengo una respuesta cerrada. Sospecho, eso sí, que cuando la historia registre este Mundial, la marca de Colombia será recordada como curiosidad antes que como injusticia. Las curiosidades, en el deporte moderno, son mercancía para redes sociales. Las injusticias exigen regulación, y la FIFA no se ha distinguido por su prontitud regulatoria. Lo que queda, entonces, es reconocer el mérito de quienes compitieron contra adversarios y contra circunstancias que el reglamento no nombró.
Colombia no eligió ser pionera en esto. Pero los pioneros, mutatis mutandis, no eligen sus fronteras. Las atraviesan, con lo que llevan, y esperan que alguien, más tarde, dibuje mejores mapas.