¿Qué distingue a una selección que gana torneos de una que construye legados? La pregunta no es retórica cuando examinamos lo logrado por Colombia en esta primera edición de la Liga de Naciones Femenina de Conmebol. Veinte puntos en nueve jornadas, cima de la tabla, diferencia de gol respetable: los números son contundentes. Sin embargo, quienes seguimos el fútbol femenino continental desde antes de que fuera noticia sabemos que el verdadero examen comienza ahora.
El sistema de competición diseñado por Conmebol, con su lógica de todos contra todos prolongado, presenta una paradoja que Tocqueville habría reconocido: la igualdad formal de las participantes —nueve selecciones con idénticas oportunidades de enfrentarse— no traduce necesariamente igualdad de condiciones reales. Argentina, segunda con dieciocho puntos, demostró una solidez defensiva superior en diferencia de gol (+13 contra +9). Que Colombia haya prevalecido habla menos de dominio aplastante que de una capacidad sostenida para obtener resultados en contextos variables. No es poca cosa, pero tampoco es garantía.
El mérito del combinado dirigido por Ángelo Marsiglia reside en haber navegado un calendario exigente sin descalabros mayores. La clasificación directa a la Copa del Mundo de Brasil 2027, conseguida mediante este título, elimina presiones administrativas que en el pasado distrajeron procesos técnicos. Recordemos que para Francia 2019 Colombia dependió de repechaje; para Australia-Nueva Zelanda 2023 clasificó directamente y alcanzó cuartos de final, el mejor resultado de una selección sudamericana femenina en la historia del torneo. La comparación impone una pregunta incómoda: ¿esperamos que Brasil 2027 confirme una trayectoria ascendente, o aceptamos que aquel cuarto puesto fue una cúspide difícil de repetir?
La tabla final revela estructuras que merecen atención. Venezuela y Ecuador, con doce y once puntos respectivamente, acceden al repechaje con argumentos disímiles: las venezolanas por una efectividad ofensiva sorprendente (+13 en diferencia), las ecuatorianas por una regularidad que apenas las distinguió de Perú en puntos. Paraguay y Chile, con diez unidades cada una, quedan fuera de la repesca en un sistema que premia márgenes estrechos. La concentración de puntos entre tercera y séptima posición —doce, once, once, diez, diez— sugiere una zona media competitiva que obliga a Colombia a no confundir el liderazgo puntual con hegemonía regional.
El fútbol femenino sudamericano atraviesa una transición que Popper habría identificado como sociedad abierta en construcción: instituciones frágiles, normas en consolidación, oportunidades desiguales de desarrollo entre federaciones. Que Conmebol haya instituido esta Liga de Naciones es un paso de mutatis mutandis —adaptación necesaria de formatos probados en otras confederaciones— pero la irregularidad de calendarios, la precariedad de ligas domésticas y la dependencia de jugadoras en clubes extranjeros persisten como variables que el torneo de selecciones no resuelve.
Para Colombia, el horizonte inmediato incluye la preparación sistemática hacia Brasil 2027. Marsiglia deberá gestionar una tensión clásica entre la estabilidad de una base campeona y la necesidad de renovación competitiva. El protagonismo de 2023 fue construido por jugadoras que, en su mayoría, seguirán disponibles, pero el ciclo de cuatro años exige evaluación sin complacencia. La experiencia de otras selecciones —Alemania post-2003, Japón post-2011— demuestra que los torneos siguientes al pico histórico son los más difíciles de administrar emocional y tácticamente.
¿Habrá aprendido el fútbol colombiano, institucionalmente, a acompañar el éxito deportivo con inversión sostenida? La pregunta, formulada sin cinismo, permanece abierta. Celebrar este título es justo; confundirlo con destino cumplido sería un error que las cifras no autorizan, pero tampoco desmienten del todo. El campo de juego de 2027 dictará la sentencia.