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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 9 jun 2026

¿Qué nos enseña una remontada de 4-3 sobre el resarcimiento fácil?

Colombia ganó la Liga de Naciones Femenina con agonía. El título es real; la lección que deja, también.

¿Qué nos enseña una remontada de 4-3 sobre el resarcimiento fácil? — Deportes, ilustración editorial

Hay victorias que confirman supremacías y hay títulos que encubren advertencias. La selección Colombia femenina consiguió este martes en Asunción lo que ninguna otra generación había logrado: un trofeo oficial de Conmebol. El 4-3 final contra Paraguay, con remontada incluida desde el 2-3 adverso, ya ocupa su lugar en la vitrina. La pregunta que nos compete no es si el título merece celebración —por supuesto que sí— sino si los colombianos estamos dispuestos a leer en el partido algo más que el resultado.

El encuentro ofreció, en su arquitectura dramática, una metáfora incómoda de nuestra condición nacional. Colombia comenzó perdiendo a los tres minutos, empató con premura, volvió a caer por debajo antes del descanso, igualó a la hora y definió en el minuto 89 con gol de Ana María Guzmán. El guion del héroe que resucita múltiples veces seduce a la tribuna; pero el técnico Ángelo Marsiglia, si es honesto con su trabajo, deberá revisar por qué el equipo requirió de tres vidas para vencer a un rival que, en el papel, ocupaba una escala inferior en la jerarquía continental. La Albirroja, que llegaba con la necesidad de sumar para el repechaje mundialista, le anotó tres veces a una defensa que mostró fisuras recurrentes. Katherine Tapia, portera de la Tricolor, cometió un penal al primer minuto. La zaga titubeó en los centros. El mediocampo perdió la posesión en zonas comprometidas. Estos no son detalles menores cuando el horizonte es el Mundial de Brasil 2027.

El antecedente inmediato obliga a la comparación. En la Copa del Mundo de Australia y Nueva Zelanda 2023, Colombia movió, según la propia FIFA, “los cimientos de la competición”. La victoria contra Alemania y el gol de Linda Caicedo —elegido el mejor del torneo— instalaron a la Tricolor en una dimensión nueva. Pero ese éxito, construido sobre la brillantez individual de Caicedo, Leicy Santos y Catalina Usme, también ocultó una dependencia estructural que el fútbol femenino colombiano aún no resuelve: la transición entre el talento deslumbrante de algunas jugadoras y la solidez colectiva que exige la élite. La Liga de Naciones, torneo de primera edición, sirvió de termómetro. Colombia fue líder con 17 puntos, superando a Argentina por dos unidades. El margen es estrecho para quien aspira a consolidar un liderazgo regional.

La historia del deporte colombiano está poblada de gestas aisladas que no lograron tejer tradición. El oro olímpico de María Isabel Urrutia en Sídney 2000, el de Yuri Alvear en judo, el de Óscar Figueroa en halterofilia: triunfos legítimos que no alteraron, sin embargo, las condiciones institucionales de sus disciplinas. El fútbol femenino corre el riesgo de repetir el patrón. La Federación Colombiana de Fútbol ha invertido, es cierto, en visibilidad y en convocatorias; pero la base, las ligas departamentales, la formación de entrenadores, la infraestructura de clubes, permanece en un estado que los informes de la propia Conmebol califican de desigual respecto a Brasil y Argentina. Un título puede ser catalizador o puede ser espejismo. Depende de qué se haga con él.

En el plano más inmediato, la agenda de la selección incluye amistosos de preparación rumbo al Mundial. Allí será donde Marsiglia deberá demostrar si el sistema defensivo que sufrió tres goles de Paraguay —un equipo sin tradición ofensiva comparable— puede contener a las potencias europeas y asiáticas. La inclusión de jugadoras jóvenes como Maithé López, que ingresó por Mayra Ramírez, sugiere una apuesta por la renovación; pero la renovación sin andamiaje táctico es solo cambio de nombres.

Hay, asimismo, un dato del partido que exige atención más allá de lo deportivo. Al minuto 71, la jueza detuvo el encuentro por “un acto de racismo desde la tribuna”. La Conmebol y la FIFA han implementado protocolos contra la discriminación que, en su aplicación, aún parecen reactivos más que preventivos. El episodio, breve en la narrativa del partido, debería ocupar un lugar central en la reflexión de las federaciones: el fútbol femenino, en su crecimiento, arrastra también las patologías del espectáculo masculino. Ignorarlo sería subestimar el alcance simbólico de lo que estaba en juego.

Colombia celebra con razón. Pero la tradición que invoco —la del liberalismo clásico hispanoamericano, escéptico de los triunfos fáciles y de las narrativas que confunden el éxtasis con la realización— nos obliga a preguntarnos si este campeonato es punto de partida o techo. La res publica del fútbol femenino colombiano necesita instituciones que trasciendan a las jugadoras actuales. De otro modo, dentro de cuatro años, cuando Caicedo y Santos ya no estén en la plenitud de sus facultades, volveremos a contar la misma historia: una gesta memorable, seguida de un silencio que solo rompe la próxima generación, si tiene suerte.

El título es real. La pregunta, también.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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