Este 20 de julio de 2026 la geografía institucional colombiana queda condensada en una sola jornada. A las 11 de la mañana, según el protocolo previsto en la Constitución y la ley, el presidente Gustavo Petro se dirige por última vez al Congreso desde la curul presidencial. Pocas horas después, el Senado y la Cámara de Representantes eligen las mesas directivas que regirán la primera legislatura del periodo constitucional 2026-2027. Y en menos de tres semanas, el 7 de agosto, Abelardo De la Espriella toma posesión como jefe de Estado con el reloj de la transición ya en marcha.
El Día de la Independencia llega, así, con dos calendarios superpuestos. El de la retórica patria —el que De la Espriella activó en su cuenta de X, como registró El Heraldo— y el de la ingeniería parlamentaria que definirá si el nuevo gobierno arranca con mayorías estables o con un Congreso fragmentado. Son dos relojes que no siempre marchan en la misma dirección.
La disputa por la mesa directiva del Senado ilustra el problema. Según el reporte de El Heraldo, el candidato del abelardismo, Alfredo Deluque, se acerca a las mayorías requeridas. Enfrente aparece Honorio Henríquez, senador del Centro Democrático, colectividad que hace parte de la coalición que llevó a De la Espriella al poder y que, sin embargo, aparece en aprietos para imponer su candidato frente al guiño presidencial. La paradoja es nítida: el partido con más curules de la derecha no logra asegurar la presidencia del Senado en la primera legislatura del nuevo ciclo.
Hay tres lecturas posibles. La primera es que el abelardismo llegó al Ejecutivo con un capital político propio —construido durante la campaña— que le permite reordenar la coalición por encima de los pesos tradicionales del Centro Democrático. La segunda es que el uribismo, tras una derrota presidencial, intenta preservar al menos el control de la agenda legislativa y por eso empuja a Henríquez. La tercera, menos benévola, es que la negociación interna de la derecha se está decidiendo por cupos y no por programa, lo que augura una legislatura reactiva.
Lo que ocurra en la instalación del Congreso importa por una razón concreta: la mesa directiva define la comisión de acreditación, el orden del día de las plenarias y, sobre todo, el ritmo con el que el nuevo gobierno tramitará sus reformas. Si Deluque queda al frente del Senado, De la Espriella arranca con un instrumento afinado. Si Henríquez lo desplaza, el primer año será de negociación permanente entre la Casa de Nariño y su propia coalición.
El otro dato relevante es la ausencia. Según El Heraldo, al cierre de su nota el equipo de De la Espriella no había confirmado si el presidente electo participaría en algún acto público este 20 de julio. La decisión puede leerse como prudencia protocolaria: un presidente que aún no se posesiona carece de atril oficial, y aparecer en la tribuna legislativa antes de tiempo desdibuja las formas. Pero también revela un estilo que se anticipa: De la Espriella prefiere hablar por la red social que pisar el Palacio de San Carlos. ¿Es esa la marca de un Ejecutivo que gobernará desde el teléfono, o simplemente el cálculo de quien evita pisar una escena que todavía no le pertenece?
La ceremonia del 20 de julio será, en cualquier caso, la última foto del ciclo petrista. El último mensaje de un presidente ante el Congreso es, por tradición, un balance y a la vez un intento de fijar el relato. Petro dirá lo que considere. Pero el país, a esa misma hora, ya estará mirando hacia la mesa directiva que se elija por la tarde.
La transición, como la llamó De la Espriella, no se construye con frases de 280 caracteres. Se construye —o se deshace— el día que se eligen las mesas directivas, el día que se nombran las comisiones de acreditación, el día que se define si el nuevo gobierno tiene las mayorías que necesita o si la próxima legislatura será, desde su primer minuto, un campo de negociación permanente entre aliados incómodos.