Edición N.º 2721 Sábado, 13 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 10 jun 2026

Tres inauguraciones y la memoria que el espectáculo no garantiza

El Azteca abre su tercer Mundial con una pregunta incómoda: ¿qué queda del sentido cuando la ceremonia se repite sin reflexión?

Tres inauguraciones y la memoria que el espectáculo no garantiza — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa que un estadio deba inaugurar tres mundiales para que la FIFA reconozca, siquiera retóricamente, que América Latina es parte central de la historia del fútbol?

El jueves, el Estadio Ciudad de México —así denominado durante el torneo, con esa neutralidad burocrática que caracteriza a los comités organizadores— albergará por tercera vez una ceremonia inaugural de la Copa del Mundo. Las anteriores, en 1970 y 1986, marcaron épocas distintas: la del Brasil de Pelé, que legitimó el color en televisión, y la del Argentina de Maradona, que consolidó la narrativa del genio individual contra el sistema. Ahora, en 2026, el escenario repite con una pregunta distinta. No es ya qué selección escribirá la historia, sino qué tipo de historia está dispuesta a contar la institución que gobierna el deporte.

La ceremonia promete el despliegue técnico habitual: drones, pirotecnia, Shakira, Belinda, Alejandro Fernández, Los Ángeles Azules, Burna Boy. La lista de artistas revela una lógica de mercado más que de cultura. No hay aquí una apuesta estética coherente, sino una suma de audiencias calculadas. Shakira garantiza la atención global; Belinda, la conexión con la generación que creció con las telenovelas mexicanas; Burna Boy, el reclamo de diversidad continental. Es el mismo principio que rige las listas de Spotify: no se busca tensión artística, sino superposición de nichos. Tocqueville observó en la democracia una tendencia a la mediocridad complaciente; el espectáculo deportivo contemporáneo la lleva a su paroxismo.

Pero hay algo más inquietante. El Mundial 2026 es el primero en tres países y el primero con 48 selecciones. La expansión numérica responde a una lógica geopolítica que poco tiene que ver con la calidad competitiva. La FIFA, bajo la presidencia de Gianni Infantino, ha convertido el torneo en instrumento de diplomacia comercial: Estados Unidos aporta infraestructura y dinero, México tradición y audiencia, Canadá estabilidad institucional. Es un acuerdo de libre comercio con balón. Los que celebramos el comercio internacional debemos reconocer, sin embargo, que aquí el intercambio es asimétrico. México recibe la inversión, pero también la condescendencia de quienes consideran que su papel es decorativo.

La triple inauguración —México, Estados Unidos, Canadá— es un invento administrativo que diluye el significado ritual del acto. La inauguración era, en su origen, una declaración de principios: un país se ofrecía como anfitrión del mundo. Ahora es una franquicia repartida, una temporada extendida de contenido para plataformas. La transmisión en ViX, DGO, Flow y las señales tradicionales de cada país confirma que el público ya no es una nación, sino una agregación de suscriptores dispersos. Hannah Arendt distinguía entre el espacio público, donde aparecemos ante otros como ciudadanos, y la esfera social, donde nos comportamos como consumidores. El Mundial 2026 parece haber optado decididamente por la segunda.

No todo es crítica. El fútbol sigue siendo, en América Latina, una de las pocas experiencias colectivas que resisten la atomización digital. El hecho de que Caracol y RCN compartan la transmisión en Colombia, que Telefe y TV Pública lo hagan en Argentina, que múltiples señales converjan en un mismo horario, conserva algo de esa simultaneidad cívica que Arendt valoraba. El problema es que la infraestructura simbólica —la ceremonia, el discurso, la narrativa oficial— no acompaña. Se gasta en pirotecnia lo que se ahorra en significado.

Y luego está el estadio mismo, testigo mudo de tres épocas. En 1970, México era el país del desarrollo estabilizador, del milagro económico que pronto se revelaría insostenible. En 1986, emergía de la crisis de la deuda con el rostro amable de la Copa. Ahora, en 2026, el país arrastra décadas de violencia narcotraficante, desigualdad persistente y un Estado que, según múltiples diagnósticos institucionales, oscila entre la captura parcial y la ausencia funcional. Que el mismo recinto repita la ceremonia no es, necesariamente, continuidad; puede leerse, también, como ironía histórica. Como escribió alguna vez Octavio Paz sobre los ritos mexicanos, la repetición no garantiza el sentido, pero lo hace posible. Quizás.

La pregunta que deberíamos hacernos los colombianos, que veremos la inauguración a las 12:30 del jueves, no es si ganará México su partido contra Sudáfrica. Es si todavía sabemos distinguir entre un espectáculo que nos une y uno que nos distrae. El antídoto contra el populismo, decía Karl Popper, es la responsabilidad institucional. En el fútbol, el antídoto contra la banalización podría ser recordar que detrás de cada ceremonia hay una historia de poder, dinero y, en ocasiones, resistencia —una historia que los estadios albergan, pero no explican. Que no se nos olvide mientras cantan los artistas contratados.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.