Una deuda pendiente que trasciende lo deportivo
¿Por qué una selección que alcanzó cuartos de final en un Mundial y que hoy domina la Liga de Naciones femenina sigue sin conquistar el oro en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe? La respuesta no es táctica ni técnica. Es estructural, histórica y revela una asimetría persistente en la manera como el deporte colombiano invierte, planifica y reconoce el talento femenino. Este jueves, en el estadio Cibau de Santo Domingo, la selección dirigida por Ángelo Marsiglia tiene la oportunidad de romper una sequía que ya dura demasiado.
Tres ediciones, tres frustraciones
La historia reciente es elocuente. En Veracruz 2014, Colombia llegó a la final y perdió ante México, el anfitrión. En Barranquilla 2018, ni siquiera superó la fase de grupos y terminó séptima. En El Salvador 2023, aunque clasificó, no participó porque el calendario coincidía con el Mundial de Australia y Nueva Zelanda, donde cayó 2-1 ante Inglaterra en cuartos. Tres ediciones, tres frustraciones distintas, un mismo patrón: el fútbol femenino colombiano compite con desventaja logística, con menor preparación y con la carga de una inversión que siempre llega tarde.
La semifinal contra Venezuela ilustra esa tensión. Las venezolanas se adelantaron, pero Colombia no se rindió. Melanin Aponzá descontó al minuto 40, Mariana Zamorano igualó al 52 y en la definición desde los doce pasos, según reportó La Opinión de Cúcuta, las jugadoras colombianas acertaron cuatro de cinco cobros para sellar el paso a la final. Fue un triunfo de carácter, pero también de oficio: las futbolistas saben que cada torneo regional es una vitrina para exigir mejores condiciones, contratos dignos y un lugar en la agenda pública que no dependa de la coyuntura olímpica.
El rival y el contexto
México, el adversario de este jueves, no es un desconocido. Es el mismo equipo que las derrotó en la final de 2014 y que hoy llega con una generación renovada, dirigida por Vanessa Martínez. Las mexicanas dejaron en el camino a El Salvador en un partido que se definió en la prórroga con un doblete de Andrea Bosch y un gol de Valerie Vargas. Tienen oficio, tienen historia y tienen la ambición de revalidar un dominio regional que Colombia aspira a quebrar.
Pero el contexto es distinto. La selección colombiana llega a esta final con un segundo título en la temporada tras ganar la Liga de Naciones, un certamen que le dio rodaje internacional y confianza. Las jugadoras que hoy visten la tricolor no son las mismas de hace una década: son profesionales que compiten en ligas europeas y americanas, que conocen la presión de los escenarios grandes y que han aprendido a convivir con la expectativa. La pregunta es si esa madurez individual se traduce en un triunfo colectivo que rompa el maleficio centroamericano.
Lo que está en juego
Un oro en Santo Domingo no cambiará de inmediato las condiciones estructurales del fútbol femenino en Colombia. No aumentará los salarios de las jugadoras de la liga local, no mejorará las canchas de entrenamiento ni garantizará una transmisión televisiva digna. Pero sí puede ser un punto de inflexión simbólico, un argumento más para exigir que la inversión pública y privada deje de tratar al fútbol femenino como un apéndice del masculino.
Tocqueville escribió que las democracias se juzgan por cómo tratan a sus minorías. En el deporte, esa máxima aplica con nitidez: una nación que celebra los triunfos de sus mujeres pero no les garantiza las mismas condiciones que a sus hombres practica una forma sutil de discriminación institucional. La final de este jueves es una oportunidad para que Colombia demuestre, ante sí misma y ante la región, que el talento femenino no es una excepción sino una regla que merece ser financiada, protegida y celebrada con la misma intensidad.
La última palabra no está escrita
El partido se jugará a las 7:00 de la noche en el estadio Cibau. Colombia tiene la nómina, tiene el técnico y tiene la motivación. Pero el fútbol, como la política, no se gana con buenas intenciones. Se gana con precisión, con carácter y con la capacidad de soportar la presión cuando el marcador está parejo y el tiempo se agota. Las jugadoras colombianas ya demostraron que saben remontar, que saben sufrir y que saben ganar en los penales. Ahora deben demostrar que saben cerrar.
La historia está del otro lado. México es el campeón defensor, el anfitrión moral de un torneo que ha dominado con autoridad. Pero las finales no se juegan en el papel. Se juegan en la cancha, con once jugadoras que han esperado años por esta oportunidad y que saben que un triunfo puede cambiar la conversación pública sobre el fútbol femenino en Colombia. La pregunta es si estarán a la altura del momento. La respuesta se conocerá este jueves, cuando el árbitro pite el final y el oro tenga dueño.