¿Por qué aceptamos con tanta resignación que el fútbol, ese supuesto reino de la pasión espontánea, se someta a los caprichos de la burocracia institucional? La FIFA anunció que el partido de octavos de final entre México e Inglaterra, programado para el 5 de julio, comenzará con retraso. No se trata de una tormenta imprevista ni de una emergencia de última hora: es, según el comunicado oficial, una decisión administrativa que desplaza el pitazo inicial de las 8 de la noche a un horario aún por confirmar en su exactitud. Y entre tanto, millones de espectadores reorganizan sus vidas, sus ciudades, sus economías domésticas, alrededor de un evento que prometía puntualidad.
Esta no es una queja menor sobre el retraso de un partido. Es, mutatis mutandis, una pregunta sobre la relación entre las instituciones globales y los ciudadanos que las sostienen. La FIFA no es un estado, pero ejerce una soberanía práctica sobre el tiempo colectivo de la humanidad. Cuando decide postergar un encuentro sin mayor explicación que un comunicado escueto, está ejerciendo un poder que no rinde cuentas ante ningún electorado. Tocqueville advertía que las democraciones modernas tendían a producir nuevas formas de despotismo, no tiránico sino tutelar, donde el individuo se siente pequeño frente a la inmensidad de las estructuras administrativas. El aficionado mexicano que ahorró para el viaje, el inglés que programó su madrugada europea, el colombiano que ajustó su noche de domingo: todos son, en ese instante, súbditos de una res pública futbolera que no consulta, solo informa.
El fenómeno no es exclusivo del fútbol. Arendt, en su análisis del totalitarismo, distinguía entre el poder basado en la acción concertada y la mera coordinación administrativa que reduce a los humanos a funciones. La FIFA coordina, mas no concerta. Su comunicado no abre espacio para la reclamación, para la pregunta, para la negociación. El espectador moderno, armado de redes sociales donde protesta con memes y hashtags, termina por aceptar la decisión con el mismo gesto resignado con que acepta el tráfico de su ciudad o la demora de su aeropuerto. La institución global se ha vuelto infranqueable no por su violencia, sino por su inaccesibilidad.
Hay algo particularmente simbólico en que este retraso ocurra en un Mundial organizado por tres naciones —Estados Unidos, México, Canadá— bajo el formato más expansionista de la historia del torneo. Cuarenta y ocho equipos, ciento cuatro partidos, trece sedes. La lógica de crecimiento por el crecimiento, ese imperativo que Popper criticaba en las utopías históricas, produce eventos tan masivos que su propia gestión se vuelve un problema de ingeniería logística donde el factor humano se diluye. Un Mundial más grande no es necesariamente un Mundial mejor; a veces es solo uno más difícil de controlar, donde los retrasos se multiplican como síntoma de una ambición desproporcionada.
No pretendo con esto que la FIFA deba someterse a referendo cada vez que modifica un horario. Las instituciones requieren autonomía operativa para funcionar. Pero la autonomía no es opacidad, y la eficiencia no es sinónimo de desatención al afectado. Cuando un gobierno nacional retrasa un servicio público sin explicación adecuada, los columnistas de este medio —y otros— exigimos rendición de cuentas. ¿Por qué habría de ser distinto con una institución que gestiona, en última instancia, un bien cultural de la humanidad? El fútbol no pertenece a Gianni Infantino ni a los patrocinadores que pueblan los palcos; pertenece a quienes lo juegan en canchas de tierra y a quienes lo observan en pantallas de barrios donde la luz se va cada semana.
El México-Inglaterra se jugará, finalmente, y probablemente será un partido memorable. Pero el retraso dejará una pequeña cicatriz de desconfianza, una más en la larga lista de gestos institucionales que tratan al aficionado como recurso, no como interlocutor. La pregunta que queda flotando, incómoda, es si alguna vez será posible una gobernanza del deporte global que no exija, como precio de su espectáculo, la sumisión silenciosa de quienes lo hacen posible.