¿Qué queda de una ilusión que muere en el tiempo extra? No la derrota en sí, que es contingencia deportiva, sino la forma de la derrota: el gol que llega cuando el empate ya parecía un destino aceptable, cuando los cuerpos habían distribuido el esfuerzo y la mente comenzaba a calcular puntos.
Panamá enfrentaba a Ghana en el estreno del Grupo L del Mundial 2026 con una certeza modesta y otra ambición contenida. El fútbol centroamericano no suele llegar a estas instancias con el respaldo de las estadísticas; llega con el respaldo de las historias, con la acumulación de gestos individuales que alguna vez, contra algún rival, configuraron un milagro. Ghana, por su parte, arrastraba la memoria de selecciones que supieron ser protagonistas continentales y que ahora disputan su lugar en un mundo del balompié que no espera a los que dudan.
El partido, según el registro que dejó La FM en su cobertura minuto a minuto, mantuvo durante noventa minutos una tensión distributiva: posesiones alternas, áreas visitadas con precaución, la lógica del debut en torneo corto que castiga más el error que premia la audacia. Panamá resistió. Esa resistencia, en el lenguaje técnico del entrenador, se traduce en “sumar de a uno”; en el lenguaje del aficionado, en “se nos escapó pero no se nos humilló”. El empate a cero era, para una selección de perfil medio-bajo en el escalafón mundial, un resultado que ordenaba el camino hacia las siguientes fechas.
Pero el fútbol tiene esta particularidad que Hannah Arendt, si hubiera escrito sobre deportes, tal vez habría calificado como una forma de “natality” invertida: no la capacidad de comenzar algo nuevo, sino la capacidad de terminar algo que parecía inconcluso. El gol de Ghana en el tiempo extra no fue una acción aislada; fue la culminación de un desgaste acumulado, de una diferencia atlética que los noventa minutos habían disimulado pero no eliminado. La ilusión panameña, en ese instante, dejó de ser posible para convertirse en recuerdo prematuro.
Los colombianos debemos observar estos episodios con una atención que trascienda la simpatía circunstancial. El Grupo L, que completa su primera jornada con este resultado, es un territorio que nos concierne por proximidad y por comparación. La selección colombiana ha vivido, en su historia reciente, momentos de esta misma especie: la derrota que llega tarde, cuando la esperanza ya había hecho su trabajo de iluminar lo que la estadística había oscurecido. No se trata de una lección moral —el deporte no admite lecciones morales sin reticencia— sino de una constatación sobre la estructura misma de la competición: en el sistema de puntos del Mundial, el empate no es medio triunfo, es medio fracaso que a veces se convierte en triunfo retrospectivo.
¿Qué le queda ahora a Panamá? Dos partidos, cero puntos, una diferencia de gol que comienza en negativo. La matemática del torneo es implacable pero no definitiva. Sin embargo, la carga psicológica de una derrota así —la que se gesta en el descuento, la que anula la sensación de mérito acumulado— suele ser más difícil de procesar que una paliza inicial. El cuerpo técnico deberá reconstruir, en días contados, la narrativa de la competición: no ya la de un equipo que puede sorprender, sino la de un equipo que debe sobrevivir.
Ghana, por su parte, recibe un premio que quizás no mereció en la forma pero sí en el fondo. El gol del tiempo extra es, en cierto sentido, una metáfora de la persistencia que no se distingue de la fortuna. Los ghaneses no celebran una estrategia consumada; celebran la continuidad de una posibilidad. Y en el fútbol, como en la política, la continuidad de la posibilidad es ya una forma de poder.
La pregunta que deja este partido no es quién ganará el Grupo L —eso responderá el azar conjunto de tres fechas— sino si el deporte competitivo, en su diseño institucional, permite alguna justicia distributiva para quienes resisten sin triunfar. La respuesta, que el sistema de competición sugiere con crudeza, es que no. El empate salvador no existió. Y en su no-existencia, Panamá recibe la primera lección de un torneo que ya le debe, en compensación imposible, los minutos que le faltaron para creer que bastaba con no perder.