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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

Cuarenta y ocho selecciones diluyen el sentido del torneo

La expansión del Mundial plantea una tensión entre inclusión y excelencia que el fútbol no ha resuelto.

Cuarenta y ocho selecciones diluyen el sentido del torneo — Deportes, ilustración editorial

¿Qué se celebra exactamente cuando un estadio se llena para ver una ceremonia inaugural con artistas de pop antes de un partido de fútbol? La pregunta no es retórica. Este jueves, según reporta Caracol Radio, el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026 arranca con un despliegue que incluye a Shakira, Alejandro Fernández, J Balvin y Tyla, previo al encuentro entre México y Sudáfrica. El espectáculo promete ser memorable. La duda es si la memoria que dejará corresponde al deporte o al entretenimiento collateral.

La FIFA ha llevado esta edición a una escala inédita: 48 selecciones, 104 partidos, doce grupos. La justificación oficial habla de inclusión, de democratizar el acceso al evento planetario por excelencia. La lectura menos ingenua señala algo que Tocqueville ya advertía sobre las democracias modernas: la confusión entre cantidad y calidad, entre participación masiva y excelencia genuina. No es lo mismo ampliar la res publica del fútbol que diluir su sentido competitivo. El riesgo es que el torneo se parezca menos a una prueba deportiva rigurosa y más a una feria comercial con balón incluido.

Colombia, por cierto, debuta el 17 de junio contra Uzbekistán en el Grupo K, junto a Portugal y la República Democrática del Congo, según el calendario publicado por Caracol Radio. El sorteo ha sido benévolo en apariencia. Portugal es potencia reconocida, pero los otros dos rivales no figuran entre los cincuenta mejores del ranking FIFA. La selección nacional llega en un momento de relativa estabilidad técnica, aunque la historia reciente enseña que las expectativas prematuras suelen ser el primer paso hacia la decepción. Los colombianos debemos recordar que el fútbol, como la política, castiga con severidad quienes confunden el deseo con el análisis.

Hay algo más en esta edición que merece escrutinio institucional. El formato de tres sedes —Estados Unidos, México, Canadá— responde a una lógica de mercado antes que deportiva. Los 104 partidos exigirán desplazamientos enormes, consumo energético desproporcionado, una logística cuyos costos públicos no han sido transparentados con la claridad que la ciudadanía podría exigir. Hannah Arendt, en otro contexto, distinguía entre el trabajo que produce bienes duraderos y el labor que se consume en su propio hacer. El Mundial de 2026 parece inclinarse peligrosamente hacia el segundo polo: un aparato que funciona para su propia reproducción mediática, no para el fortalecimiento del deporte como práctica civilizadora.

No todo es crítica legítima sin matices. El fútbol mundial necesitaba, mutatis mutandis, una reforma que diera cabida a selecciones africanas y asiáticas históricamente marginadas por la concentración europea y sudamericana del poder. La pregunta es si 48 equipos es el número correcto o si, como suele ocurrir con las reformas expansivas, se optó por la cifra máxima que el mercado podía soportar. Karl Popper, defensor de la sociedad abierta, insistía en que las instituciones deben corregirse por la vía de experimentos controlados, no por expansiones desbordadas. La FIFA, por el contrario, parece haber elegido la apuesta máxima en una sola jugada.

El show de Shakira, en este contexto, no es anecdótico. Es sintomático. La barranquillera es artista de talento indiscutible y trayectoria global. Pero su presencia en la inauguración ilustra la mercantilización absoluta del evento: el espectáculo musical ya no acompaña al deporte, sino que compite con él por la atención del espectador. El ciudadano que sintonice a las 12:30 del mediodía, hora colombiana, encontrará un producto híbrido donde la línea entre el gol y el playback se ha vuelto deliberadamente borrosa.

Al final, el torneo se jugará y algún equipo levantará la copa el 19 de julio en Nueva Jersey. Entre tanto, los colombianos seguiremos con atención particular los tres partidos de la fase de grupos, con la prudencia que impone la experiencia. Pero conviene no perder de vista la pregunta que este formato insólito plantea: cuando todo es Mundial, ¿qué queda del sentido de lo mundial? La respuesta, si existe, no estará en el show inaugural. Estará, quizás, en algún partido menor, en alguna selección modesta que juegue con la intensidad de quien sabe que esta es su única oportunidad real. El fútbol, como la democracia, a veces sobrevive a pesar de sus propias instituciones.

Fuentes: Caracol Radio

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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