El peso colombiano cerró la semana del 22 de mayo cotizándose por debajo del nivel psicológico de $3.700, un respiro momentáneo en un mercado cambiario que lleva semanas navegando entre turbulencias electorales y señales de alerta fiscal. Pero ese alivio de corto plazo no debe confundir: los fundamentos subyacentes sugieren que la moneda seguirá expuesta a episodios de volatilidad significativa en los próximos trimestres.
Según proyecciones del Grupo Cibest, el mercado anticipa que el dólar se mantendrá en un rango lateral cercano a $3.728 durante el segundo trimestre de 2026. Esa banda de movimiento —entre aproximadamente $3.675 y $3.800— refleja un equilibrio inestable entre tres fuerzas: la incertidumbre electoral interna, la cautela de la Reserva Federal estadounidense y el deterioro de los indicadores de sostenibilidad fiscal colombiana.
El costo de la deuda toca máximos de 17 años
El dato más preocupante no está en la cotización diaria del dólar, sino en las tasas de corte de las emisiones de deuda pública. El Gobierno colocó recientemente títulos de corto plazo por 632.000 millones de pesos a una tasa de 13,9%, la más alta desde 2009. Ese número no es una anécdota de mercado: es un termómetro de la confianza de los inversionistas institucionales sobre la trayectoria fiscal del país.
Cuando los bonos del Gobierno deben pagar tasas tan elevadas, el mercado está trasladando una prima de riesgo que refleja preocupación por la sostenibilidad de la deuda pública. Esa prima se transmite al tipo de cambio. Un inversor que ve riesgo fiscal en Colombia tiene dos opciones: exigir más rendimiento en pesos (lo que eleva las tasas de los bonos) o reducir su exposición a la moneda local (lo que presiona el dólar al alza). Ambas dinámicas están ocurriendo simultáneamente.
Elecciones y volatilidad: un cóctel predecible
La primera vuelta presidencial del 31 de mayo introduce un componente de incertidumbre política que los mercados están precificando explícitamente. Según análisis de AXI, el tipo de cambio ha oscilado entre $3.735 y $3.787 en las últimas semanas, movimientos que superan la volatilidad típica de un mercado cambiario en condiciones normales. Esa amplitud refleja la prima de riesgo electoral.
En contextos de incertidumbre política en economías emergentes, los flujos de capital se vuelven más sensibles. Los portafolios internacionales tienden a reducir exposición a monedas locales hasta que la claridad política regresa. Colombia no es excepción. El ruido electoral previo a la votación del 31 de mayo seguirá alimentando episodios de depreciación del peso, independientemente de que los fundamentos macroeconómicos no hayan cambiado significativamente.
La Fed sigue siendo el ancla global
En el frente externo, la Reserva Federal mantiene una postura cautelosa. Los mercados no esperan recortes de tasas de interés estadounidenses durante el resto de 2026, un escenario que típicamente fortalece el dólar globalmente y reduce el margen de alivio para monedas emergentes. Aunque la actividad económica estadounidense se ha mantenido relativamente estable —el índice PMI compuesto de S&P Global se ubicó en 51,7 puntos en mayo—, la inflación y la debilidad en el empleo siguen siendo suficientemente preocupantes para que la Fed evite flexibilizar su política.
Esa rigidez de tasas estadounidenses crea un diferencial de rendimiento que favorece a los activos en dólares frente a los denominados en pesos. En otras palabras: mientras la Fed mantenga tasas altas, el peso tendrá que competir con tasas locales aún más altas para atraer capital, lo que perpetúa el círculo vicioso de presión cambiaria.
Implicaciones para la región andina
El comportamiento del peso colombiano no es un fenómeno aislado. Perú y Ecuador enfrentan presiones similares, aunque con matices distintos. La diferencia es que Colombia combina incertidumbre electoral con deterioro fiscal, una mezcla que la hace más vulnerable que sus vecinos andinos en el corto plazo.
Para las empresas exportadoras colombianas, la volatilidad en torno a $3.700 ofrece un escenario mixto: un dólar más débil que hace seis meses mejora la competitividad en precios, pero la incertidumbre sobre los próximos niveles complica la planeación de coberturas cambiarias. Para los importadores y deudores en dólares, el alivio es temporal.
Qué esperar en los próximos meses
El análisis técnico de Grupo Cibest sugiere que el indicador RSI (Relative Strength Index) se ubica en zona neutral, mientras que el MACD muestra señales de apreciación del peso en el corto plazo. Pero esos indicadores técnicos operan dentro de un contexto fundamental que sigue siendo restrictivo: riesgo fiscal creciente, elecciones que generan incertidumbre política y una Fed que no flexibilizará su política monetaria.
Lo más probable es que el peso continúe oscilando en la banda de $3.675 a $3.800 durante los próximos meses, con episodios de volatilidad más aguda alrededor de fechas electorales y de nuevas emisiones de deuda pública. La estabilidad relativa que se observa esta semana es una pausa, no una reversión de tendencia.
Para Colombia, eso significa que las presiones sobre el tipo de cambio seguirán siendo un factor de fricción para la política monetaria del Banco de la República, especialmente si la inflación no converge hacia el rango meta de 2-4% de manera más rápida. Un peso débil importa inflación; una inflación persistente justifica tasas de interés altas; tasas altas presionan las finanzas públicas. Es un triángulo de vulnerabilidades que el país debe reconocer explícitamente en su próxima administración.