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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

El Tri rompe la maldición inaugural con contundencia

México ganó por primera vez su partido de apertura en un Mundial, superando una barrera histórica que parecía menor pero pesaba.

El Tri rompe la maldición inaugural con contundencia — Deportes, ilustración editorial

¿Por qué cuesta tanto reconocer que los rituales del fútbol también construyen identidad política?

México había jugado siete veces el partido inaugural de una Copa del Mundo. Siete. Y en ninguna había logrado la victoria. Este dato, que podría parecer anecdótico para quienes miran el deporte como mero entretenimiento, revela algo más profundo: la persistencia de ciertas debilidades estructurales que el fútbol a veces condensa con cruel claridad. El Tri rompió esa maldición con un 2-0 sobre Sudáfrica que no admitió réplica, en una jornada que comenzó con Shakira, Maná y una ceremonia que pretendió —con acierto discutible— sintetizar en ritmo y color lo que la región quiere proyectar ante el mundo.

La pregunta que nos interesa, sin embargo, no es táctica. No venimos a analizar la alineación ni la eficacia de Raúl Jiménez, cuyo gol selló una noche esperada durante lustros. Venimos a preguntarnos qué significa que un país organice, inaugure y finalmente gane en el escenario más visible que ofrece la sociedad global contemporánea. Tocqueville observó que los estadounidenses construían asociaciones civiles para todo; en América Latina, construimos pasiones colectivas alrededor del balón. No es menor. Cuando el Estado funciona con intermittencia, cuando la justicia llega tarde o nunca, cuando la educación pública naufraga, el estadio se convierte —para bien y para mal— en una de las pocas arenas donde la nación puede verse a sí misma como comunidad de destino.

El Mundial 2026, repartido entre México, Estados Unidos y Canadá, llega en un momento de particular tensión geopolítica. La vecindad con una administración estadounidense que ha convertido la migración en arma electoral no desaparece porque se pite un partido. Pero tampoco desaparece la oportunidad: México, anfitrión por tercera vez en la historia, tiene ante sí la posibilidad de demostrar —no en discursos sino en hechos concretos— que la infraestructura, la seguridad y la hospitalidad pueden funcionar con estándares internacionales. El primer examen, este 2-0, fue superado. Los que siguen serán más exigentes.

Aquí debemos ser honestos con nosotros mismos. La oposición institucionalista no tiene por qué negar el mérito de una gestión bien ejecutada, ni siquiera cuando proviene de gobiernos con los que discrepamos en lo fundamental. Si la organización del evento funciona, si los estadios están a tiempo, si la logística no colapsa, eso beneficia a los mexicanos, no solo al gobierno. El antídoto contra el sesgo partidista es documentar, como decíamos, pero también separar: la circunstancia deportiva no lava las decisiones equivocadas en materia energética, judicial o de seguridad. Mutatis mutandis, una victoria inaugural no legitima automáticamente nada más allá de sí misma.

Hay algo más. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, subrayaba cómo los regímenes autoritarios se apropian de los eventos masivos para fabricar consenso. No estamos en ese escenario, pero la advertencia vale: el espectáculo puede anestesiar. El riesgo de estas semanas no es que México gane o pierda; es que la euforia colectiva sirva para postergar preguntas incómodas sobre el estado real de las instituciones. La selección juega bien, ¿y el sistema de salud? El estadio luce impecable, ¿y los fiscales? La pregunta no es de mal agüero; es de ciudadanía exigente.

El fútbol, en su esencia, es un juego de reglas claras, árbitros —imperfectos— y resultados verificables. En eso se distingue de la política, donde las reglas se doblan, los árbitros se eligen a dedo y los resultados se discuten durante años. México ganó 2-0. No hubo interpretación posible. Esa certeza, breve y rara, es quizás lo que nos atrae: un respiro en un mundo donde casi nada se resuelve en noventa minutos. Pero el partido termina, y la res publica sigue ahí afuera, esperando.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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