¿Qué diferencia hay entre una selección que gana y una nación que se fortalece? México enfrenta a Corea del Sur con la posibilidad histórica de encadenar tres triunfos en una Copa del Mundo por primera vez. El dato, aparentemente menor en el mapa de un torneo global, abre una pregunta que trasciende el fútbol: ¿puede el éxito puntual de una institución deportiva funcionar como metáfora de estabilidad institucional, o más bien la expone como excepción que confirma la regla?
Los mexicanos llegan al partido con el impulso de una victoria inaugural sólida, 2-0 sobre Sudáfrica en el Azteca, y con la expectativa de un público que, como suele ocurrir en nuestro continente, confunde —no sin cierta ternura— el brillo del momento con la solidez del proyecto. El Tri no ha sido, sin embargo, particularmente convincente en el Akron, el estadio que hoy lo alberga: apenas una victoria en sus últimos tres partidos allí. La irregularidad en casa es, para quienes observamos las instituciones desde la distancia del ensayo, una señal más preocupante que cualquier derrota en condición de visitante. La institución que no se hace fuerte en su propio territorio padece de algo más grave que falta de talento: padece de falta de arraigo.
Corea del Sur, por su parte, presenta un perfil distinto. Su remontada contra la República Checa en el debut le permitió, según el registro que reporta Caracol Radio, encadenar dos triunfos iniciales en un Mundial por primera vez. Los asiáticos llegan con una confianza que no parece meramente emocional sino acumulada, el fruto de una estructura que ha sabido producir resultados sostenidos en el último lustro. No es casualidad. Las federaciones que invierten en continuidad técnica, en formativas, en análisis de datos —en fin, en institución— suelen presentar estas curvas de aprendizaje que el ojo futbolero llama “carácter” y que el analista político prefiere denominar capital institucional.
Aquí cabe una distinción que Tomás de Aquino habría apreciado, mutatis mutandis: entre el éxito como accidens y el éxito como substantia. El primero llega y se va; el segundo permanece porque está anclado en una forma. México, en las últimas décadas, ha oscilado entre ambos polos. La eliminación en fase de grupos del Mundial anterior no fue, vista con perspectiva, una catástrofe deportiva aislada sino la confirmación de un patrón: la selección que brilla en eliminatorias y se apaga en el momento del escrutinio global. El patrón no es mexicano exclusivamente; es latinoamericano, y por eso nos interpela.
Arendt, en su análisis del totalitarismo, insistía en que las sociedades que no consolidan sus instituciones quedan expuestas a la irrupción de lo inesperado como fuerza dominante. El deporte, por supuesto, no es política; pero tampoco es res nullius, cosa de nadie, ajena a las formas que dan sentido a la vida colectiva. Una selección que depende del estado de ánimo de sus figuras, de la alquimia de un cuerpo técnico eventualmente inspirado, de la fiebre de una afición que exige pero no exige con estructura, reproduce en el terreno de juego la misma vulnerabilidad que observamos en otros ámbitos de la vida pública.
Tocqueville notó algo pertinente en su viaje por América: las democracias que no cultivan las asociaciones intermedias, los cuerpos que median entre el individuo y el Estado, tienden a la inestabilidad. La federación de fútbol, el club formativo, la liga local, son asociaciones intermedias en sentido estricto. Cuando funcionan, producen no solo jugadores sino una cultura del juego. Cuando no, producimos individuos talentosos que el fútbol europeo termina puliendo y reclamando como propios.
No todo es crítica. El fútbol, a diferencia de la política, permite la redención rápida. Tres puntos hoy, y México estaría prácticamente clasificado, con la serenidad que da la certeza matemática para afrontar lo que viene. Pero los colombianos debemos ser cautelosos con estas lecturas triunfalistas: nosotros mismos hemos vivido, en 2014 y en 2026, las euforias que preceden a las caídas, las rondas de octavos que se presentan como hitos y revelan, a la postre, techos de cristal.
Corea del Sur, finalmente, representa un modelo que conviene observar sin complejos. No posee la historia futbolística de Argentina o Brasil, pero ha construido una presencia constante en los mundiales que ya es, en sí misma, forma de prestigio. Romper su “tendencia negativa ante selecciones de la CONCACAF”, como señala el reporte de Caracol Radio, no será para ellos una cuestión de ímpetu sino de ajuste táctico, de lectura del rival, de paciencia institucional. Es decir: de trabajo aburrido que la televisión no filma pero que los resultados, tarde o temprano, legitiman.
México puede ganar hoy, clasificar, incluso soñar con un cuarto partido. La pregunta que debería hacerse su federación, y la nuestra en espejo, es si esa victoria sería el inicio de una substantia o apenas un accidens brillante, destinedo a repetirse cada cuatro años con la regularidad de una promesa incumplida.