Más de veintisiete millones de peruanos acudieron a las urnas para definir su destino inmediato, pero la verdadera cifra que debería alarmar a la región es otra: el ganador de este balotaje se convertirá en el noveno presidente que ocupa el Palacio de Pizarro en apenas diez años. El conteo rápido de esta segunda vuelta arroja un empate técnico entre Keiko Fujimori y su contendiente, Sánchez, un reflejo matemático de un país profundamente polarizado y agotado. Para Colombia y el eje andino, lo que ocurre en Lima no es un asunto de política doméstica ajena, sino un termómetro directo de la salud de nuestra propia integración comercial y geopolítica.
El desgaste de la gobernanza andina
La crónica inestabilidad peruana no es un fenómeno aislado. Si observamos los indicadores de gobernabilidad del Banco Mundial o los reportes anuales de Freedom House sobre derechos políticos, la región andina muestra una preocupante tendencia a la fragmentación. En Perú, el enfrentamiento crónico entre el Ejecutivo y el Congreso ha llevado al uso recurrente de la vacancia presidencial y la disolución parlamentaria, mecanismos constitucionales que, en la práctica, han mutado en armas de destrucción institucional mutua.
Desde una perspectiva de riesgo político, este empate técnico sugiere que, gane quien gane, el próximo mandatario carecerá de un mandato robusto para impulsar reformas estructurales. La incertidumbre frena la Inversión Extranjera Directa (IED), particularmente en el sector minero, que es el motor de las exportaciones peruanas y un eslabón clave en las cadenas de suministro globales de cobre. Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para la región andina ya descuentan una prima por riesgo político, estimando que el crecimiento potencial se recorta cuando los conflictos entre poderes acaparan la agenda legislativa.
Impacto en la Alianza del Pacífico
Para Bogotá, Lima es un socio estratégico insustituible. La Alianza del Pacífico, el bloque de integración profunda que conformamos junto a México y Chile, depende de la estabilidad macroeconómica y regulatoria de sus miembros. Perú ha sido históricamente el alumno más disciplinado en materia de responsabilidad fiscal y apertura comercial en el bloque. Sin embargo, la parálisis política comienza a pasar factura a la competitividad.
Si el próximo gobierno peruano cede a las tentaciones populistas, ya sea desde una derecha que busque concentrar poder o desde una izquierda que pretenda reescribir las reglas del juego minero, el bloque perderá su principal activo: la predictibilidad. En un momento donde Washington busca reconfigurar sus cadenas de valor mediante el nearshoring y Bruselas mira hacia el sur en busca de aliados confiables para la transición energética, la región no puede permitirse el lujo de tener a su segunda economía andina atrapada en un ciclo de revocatorias y censuras.
Lecciones para el observador colombiano
El caso peruano nos deja una lección incómoda pero necesaria sobre los límites del presidencialismo hiperpolarizado. En Colombia, donde el debate público a menudo se reduce a dicotomías simplistas, el escenario limeño demuestra que la falta de acuerdos básicos sobre las reglas del juego termina castigando a todos los sectores productivos. La soberanía y la autodeterminación, argumentos que tantos regímenes autoritarios de la región esgrimen para blindarse de la crítica internacional, no sirven de consuelo cuando la inversión huye y la pobreza monetaria repunta por la falta de crecimiento.
Mientras avanza el escrutinio oficial y se definen los márgenes de diferencia entre Fujimori y Sánchez, la tarea para la diplomacia colombiana y el sector empresarial es prepararse para un escenario de alta volatilidad vecinal. Desde esta columna seguiremos monitoreando cómo esta transición afecta los flujos bilaterales, pero la señal de alerta ya está encendida: sin instituciones fuertes, el libre comercio y la integración hemisférica quedan a merced de la coyuntura.