Más de veintisiete millones de peruanos acudieron a las urnas para definir un balotaje que se resuelve en las décimas, tal como reporta la cobertura internacional. La disputa entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no es solo el retrato de una sociedad fracturada; es el síntoma más reciente de una fatiga sistémica. El país andino se encamina a estrenar su noveno presidente en apenas diez años, una rotación de mandatos que debería encender las alarmas en las cancillerías de la región, y muy especialmente en el Palacio de San Carlos en Bogotá.
La paradoja macroeconómica y el vacío político
Durante la última década, los informes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial han coincidido en destacar la resiliencia del tesoro peruano, su disciplina fiscal y su atractivo para la inversión extranjera directa en el sector minero. No obstante, esta fortaleza macroeconómica ha convivido con una fragilidad institucional crónica. El sistema de partidos colapsó hace años, dando paso a franquicias electorales sin arraigo territorial ni programático.
A esto se suma el uso instrumental de la justicia, un fenómeno que desde La Bitácora hemos señalado como uno de los mayores cánceres para la democracia hemisférica. Cuando los tribunales se perciben como trincheras para inhabilitar adversarios en lugar de garantes del Estado de derecho, la confianza ciudadana se evapora. Tanto el fujimorismo como las facciones de la izquierda progresista han contribuido a este deterioro, ya sea impulsando vacancias presidenciales exprés o defendiendo reformas que comprometen la autonomía de los organismos de control. El resultado es un empate técnico entre dos visiones que, en sus extremos, amenazan con profundizar la parálisis.
El tablero andino y la Alianza del Pacífico
Para Colombia, la gobernabilidad de Lima no es un asunto de mera observación diplomática; es un pilar de seguridad y de integración comercial. Perú es un socio fundamental en la Alianza del Pacífico, un bloque que ha servido como contrapeso pragmático y pro-mercado frente a las retóricas populistas que históricamente han dominado el sur del continente. Si el próximo gobierno peruano cae en la tentación del aislacionismo o de la confrontación institucional permanente, la agenda de libre comercio y de movilidad regional sufrirá un revés significativo.
El intercambio bilateral y las cadenas de suministro agroindustrial dependen de la predictibilidad jurídica. Cualquier giro hacia el proteccionismo o la expropiación regulatoria afectaría directamente a los exportadores colombianos. Además, la cooperación en seguridad es vital. La frontera sur de Colombia y los corredores fluviales que conectan con la Amazonía peruana son zonas críticas en la geopolítica del narcotráfico y de la minería ilegal. Washington y Brasilia observan con preocupación cómo la inestabilidad política en Lima debilita la capacidad de su fuerza pública para controlar estos territorios. Un Ejecutivo peruano lastrado por la falta de legitimidad y por un Congreso hostil tendrá poca capacidad para articular estrategias conjuntas de seguridad con Bogotá o para honrar los compromisos de cooperación con el Comando Sur de los Estados Unidos.
El riesgo del populismo en ambas orillas
Como analista, mantengo un profundo escepticismo frente a las recetas mágicas que prometen refundar la república de un plumazo. La región andina no necesita más asambleas constituyentes ni caudillos que prometan mano dura a costa de las garantías civiles. Necesita instituciones aburridas pero funcionales: bancos centrales autónomos, cortes imparciales y congresos que legislen en lugar de obstruir.
La Organización de los Estados Americanos y las misiones de observación electoral han documentado esta erosión, advirtiendo que la democracia no se pierde siempre por la vía militar, sino por el desgaste constante de sus contrapesos. El conteo voto a voto que mantiene en vilo a Lima definirá quién administrará esta crisis, pero no resolverá el problema de fondo. Mientras la clase política peruana no pacte unas reglas de juego que respeten la separación de poderes, el país seguirá siendo un gigante económico con pies de barro institucional. Y en un hemisferio donde los vientos autoritarios soplan con fuerza, la caída de ese gigante arrastraría consigo las aspiraciones de desarrollo de toda la región andina.