Álvaro Uribe Vélez confirmó esta semana que no asistirá a la ceremonia de posesión de Abelardo De La Espriella, presidente electo para el periodo constitucional 2026–2030. La decisión, comunicada en una entrevista con Caracol Radio y reportada por El Universal de Cartagena, fue presentada por el exmandatario como una determinación estrictamente personal, vinculada al proceso judicial que enfrenta. La lectura política, sin embargo, es otra: la ausencia del jefe natural del Centro Democrático en la investidura del candidato que él mismo respaldó no se interpreta en el vacío.
Uribe agradeció la invitación directa que, según dijo, le hizo el propio presidente electo, y sostuvo que el Centro Democrático se concibe como “partido de gobierno”. Esa fórmula, sin embargo, convive mal con la decisión de no estar en la foto del 7 de agosto. Si la bancada oficialista es gobierno, la ausencia de su líder histórico en la transmisión de mando introduce una señal de distancia que el nuevo Ejecutivo no podrá ignorar. Las versiones sobre tensiones entre Uribe y De La Espriella por la presidencia del Senado y la Cámara, reportadas por el mismo diario cartagenero el pasado 16 de julio, ya habían documentado el origen de la fricción.
El exmandatario intentó separar dos asuntos: la política y su situación judicial. Según la transcripción publicada por El Universal, Uribe afirmó que el tema de Cali lo sustrae de la política y que no tiene “ninguna prevención”, y agregó que “todo este tema judicial pesa mucho en mi alma”. La frase condensa el dilema. Un expresidente que, según se ha reportado en distintos medios, enfrenta decisiones judiciales en curso y cuya situación se encuentra en distintas instancias, no puede, sin costos políticos adicionales, ocupar el palco principal de la posesión del nuevo presidente sin convertirse él mismo en parte del relato de la jornada.
Desde La Bitácora hemos sostenido que la independencia judicial y el debido proceso son pilares que no se negocian por conveniencia electoral. Que Uribe resuelva su situación en los estrados correspondientes, y no en las plazas públicas, es una exigencia institucional básica. Pero esa misma lógica obliga a leer el gesto de hoy con claridad: ¿qué mensaje envía a su propia bancada un líder que se declara “partido de gobierno” pero no se sienta en la mesa de la transmisión de mando?
El riesgo para el gobierno entrante es doble. Primero, heredar una bancada cuya lealtad podría estar condicionada por la agenda judicial de su líder, no por la del nuevo presidente. Segundo, abrir un flanco de debilidad frente a la oposición, que podrá exhibir la ausencia como evidencia de una derecha fracturada antes de que De La Espriella pronuncie su primer discurso ante el Congreso.
La política colombiana tiene una larga tradición de gestos protocolarios que dicen más que los discursos. La silla vacía de Uribe en la posesión será, para bien o para mal, parte del primer capítulo del gobierno que arranca. Lo que haga el Centro Democrático en las próximas semanas —en las presidencias del Senado, la Cámara y las comisiones de acusación— mostrará si la fractura es cosmética o estructural.
Por ahora, la respuesta oficial del uribismo es la disciplina verbal: “cada proyecto se discutirá en lo normal del Congreso”, repitió Uribe, según El Universal. La práctica dirá si esa frase sobrevive al primer debate de fondo entre la bancada y el nuevo Ejecutivo.