¿Qué lección deja un Mundial cuando se vuelve a perder sin haber aprendido a ganar? Panamá inicia hoy en Toronto su segunda participación en una Copa del Mundo ocho años después de su debut en Rusia 2018, donde salió sin puntos de un grupo con Bélgica, Inglaterra y Túnez. La pregunta que atraviesa esta selección no es meramente futbolística: es la interrogante clásica sobre si la experiencia del fracaso produce, mutatis mutandis, las condiciones para un resultado distinto, o si simplemente consolida patrones de derrota.
Los siete jugadores que sobreviven de aquel plantel —Bárcenas, Davis, Díaz, Escobar, Godoy, Murillo y Rodríguez— portan una doble carga. Son al mismo tiempo la memoria institucional de una clasificación histórica y los testigos de una eliminación temprana que no dejó resquicios de ilusión. Thomas Christiansen, el entrenador danés, ha construido sobre esa base una selección que llega con resultados dispares en la preparación: victoria sobre República Dominicana, empate con Bosnia-Herzegovina, derrotas ante Colombia y una paliza de Brasil por 6-2. El balance no alienta el optimismo, aunque tampoco lo inhabilita por completo.
Frente a ellos, Ghana ofrece un espejo perturbador. Los Black Stars de Carlos Queiroz afrontan su quinta Copa del Mundo con una tradición que pesa tanto como la de cualquier selección africana: el cuarto puesto de Sudáfrica 2010 sigue siendo su techo, mientras que en Brasil 2014 y Catar 2022 repitieron la misma sentencia de grupo. La historia de Ghana es, en cierto sentido, la de un talento recurrentemente traicionado por la incapacidad de traducir la individualidad en colectivo. Queiroz, ese portugués de métodos conservadores y resultados sólidos, fue contratado precisamente para romper ese ciclo. Sus cuatro amistosos previos —tres derrotas y un empate— no sugieren que haya encontrado la fórmula.
Este será, según registra la fuente, el primer enfrentamiento entre ambas selecciones en la historia. La ausencia de antecedentes elimina la variable psicológica del pasado directo, pero no la del contexto. Panamá juega en Toronto, en el norte del continente que la cobija, lejos del calor panameño pero también del desarraigo absoluto. Ghana, por su parte, busca reafirmar que el fútbol africano puede competir sin depender de la euforia emocional que Tocqueville habría reconocido como el peligro de las democracias jóvenes: la pasión desordenada que nubla el juicio.
La tensión del grupo no se resuelve en este partido, pero sí se condiciona. Una victoria panameña alteraría las expectativas de una selección que llegó con la etiqueta de víctima probable; una derrota confirmaría la sospecha de que Rusia 2018 fue excepción sin secuela. El empate, ese resultado modesto que el fútbol moderno menosprecia, podría ser aquí el verdadero triunfo de los canaleros: el punto que permite sobrevivir al grupo y posponer el juicio.
Los colombianos que seguimos este Mundial con interés parcial —no hay selección nuestra en este duelo, aunque sí la tuvimos en la preparación panameña— deberíamos reconocer en este partido algo más que un encuentro de equipos menores en el calendario. Es la encarnación de una pregunta persistente sobre la naturaleza del progreso en el deporte globalizado: ¿se construye mediante la acumulación de experiencias, como supone la retórica del crecimiento, o mediante la interrupción radical de los patrones, como sugieren las revoluciones deportivas que de verdad cambian la historia?
Panamá y Ghana llegan con deudas distintas pero convergentes. Los canaleros deben demostrar que un Mundial no es un accidente de calendario sino el inicio de una presencia regular. Los africanos deben probar que Sudáfrica 2010 no fue el pico de una curva descendente. Ambos entrenadores, Christiansen y Queiroz, son europeos trajinados en selecciones periféricas: saben que la gloria no se distribuye equitativamente en el fútbol mundial, y que la primera condición para alterar esa distribución es no perder el primer partido.
El estadio de Toronto recibirá esta tarde, a las 6:00 p.m., a dos selecciones que juegan contra su propia historia antes de jugar entre sí. El resultado deportivo importará; pero importará tanto, o más, la manera en que cada una construya o destruya la narrativa que la acompañará el resto del torneo. En esto, como en otras esferas de la vida pública, la res publica del fútbol depende de quienes logran imponer la interpretación de los hechos antes de que los hechos se impongan por sí solos.