¿Qué diferencia hay entre la esperanza y la certeza? Los colombianos debemos reconocerlo cuando observamos a selecciones que llegan al Mundial con una carga histórica distinta a la nuestra. Inglaterra inaugura su participación en el torneo de 2026 enfrentando a Croacia en Texas, y la pregunta que atraviesa el encuentro no es meramente táctica: es filosófica. ¿Puede una nación reconciliarse con su propio mito fundacional a través de once jugadores en un campo de fútbol?
La designación de Thomas Tuchel como entrenador de los “Three Lions” ilustra una tensión característica del deporte contemporáneo. El técnico alemán llegó generando controversia por sus decisiones de convocatoria, episodio que Hannah Arendt habría reconocido como la eterna disputa entre el criterio técnico y la expectativa popular. Sin embargo, como señala Caracol Radio, los resultados parecen respaldarlo: victorias sin goles en contra en los amistosos previos y una fase clasificatoria impecable, con arco invicto. El mérito del seleccionador no está en agradar, sino en construir una res publica deportiva donde la solidez defensiva preceda al espectáculo.
Croacia, mutatis mutandis, representa el antítesis de la ilusión inglesa. Los balcánicos llegaron invictos a la fase final, con siete victorias y un empate en eliminatorias, y acumulan un récord formidable: semifinales en los dos últimos Mundiales, sin derrotas en fase de grupos durante esas ediciones. Más allá de las estadísticas, guardan un recuerdo particular frente a Inglaterra: la eliminación en semifinales de Rusia 2018, con victoria 2-1 en tiempo extra. Ese partido, como recordamos los que seguimos el fútbol con cierta edad, no fue simplemente un resultado; fue una demostración de que la persistencia institucional puede superar al talento individual disperso.
La preocupación croata, no obstante, es real y documentable. En sus cuatro amistosos previos recibieron goles en todos los encuentros, una grieta en la fortaleza defensiva que históricamente los caracterizó. El dato no es menor: cuando un equipo deja de ser lo que era, cuando sus virtudes tradicionales se erosionan, queda expuesto a la incertidumbre que Popper atribuía a las sociedades que abandonan sus principios de apertura crítica. Croacia debe preguntarse si sigue siendo Croacia, o si la memoria de sus logros pasados funciona ya como una máscara.
Inglaterra, por su parte, arrastra una sequía de seis décadas sin título mundial. El número tiene resonancia política: 1966 es no solo el año de su única conquista, sino el umbral de una Inglaterra que aún se reconocía a sí misma como potencia imperial y que, desde entonces, ha debido renegociar su lugar en el mundo. Tuchel no entrena solo a once futbolistas; gestiona una narrativa nacional de declive relativo y aspiración contenida. La elección de un entrenador extranjero para dirigir a la selección inglesa —algo que en otros tiempos habría sido inconcebible— es en sí misma una confesión: el reconocimiento de que la excelencia ya no tiene pasaporte predeterminado.
Los colombianos debemos observar este duelo con atención que no sea meramente espectatorial. Nuestra propia selección debuta el mismo día, y la comparación entre las trayectorias institucionales de estas federaciones resulta incómoda pero necesaria. Inglaterra y Croacia han construido procesos sostenidos, con continuidad técnica y metas claras. Nosotros oscillamos entre la euforia y la crisis, incapaces de establecer una narrativa coherente que trascienda ciclos presidenciales de cuatro años. El fútbol, como la política, premia la constitucionalidad interna.
Cuando el árbitro inicie el partido en Texas, dos concepciones del tiempo deportivo chocarán. Inglaterra busca romper un ciclo histórico; Croacia pretende demostrar que su momento no ha terminado. El resultado, cualquiera sea, no resolverá estas tensiones. Como en toda competencia verdaderamente significativa, la victoria será provisional y la derrota, si existe aprendizaje institucional, podrá ser fecunda. Los que llevamos décadas siguiendo estos torneos sabemos que los Mundiales no los ganan quienes juegan mejor un día, sino quienes logran que su mejor versión coincida con el momento preciso. La pregunta sigue abierta: ¿llegó ya ese momento para Inglaterra, o los fantasmas de 2018 y de 1966 seguirán reclamando su tributo?