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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

¿Qué enseña el debut mundialista sobre la virtud de la paciencia institucional?

Colombia ganó con oficio, Portugal dudó con estrellas. El fútbol, como la política, premia al que construye con método, no al que presume por antonomasia.

¿Qué enseña el debut mundialista sobre la virtud de la paciencia institucional? — Deportes, ilustración editorial

¿Por qué algunas selecciones estrenan un Mundial con la serenidad de quien ejecuta un plan ensayado, mientras otras, aun portando nombres que han escrito páginas doradas, exhiben la inquietud de quien no termina de creerse el guion? La jornada inaugural de la fase de grupos en el Mundial 2026 ofrece, a quien quiera leerla así, una parábola sobre dos concepciones del éxito colectivo: una que confía en el proceso institucional, y otra que depende excesivamente de la magia residual de individuos cuyo reinado, aunque glorioso, acusa el desgaste del tiempo.

Colombia superó a Uzbekistán 3-1 con la parsimonia de quien sabe que un torneo de siete partidos no se gana en el primero, pero sí se puede perder. El gol de Daniel Muñoz, producto de un envío largo y una ruptura de espacio bien calculada, no tuvo la elegancia barroca que premian los compilados de televisión, pero reveló algo más valioso: un equipo que entiende sus limitaciones y las compensa con disciplina táctica. La respuesta tras el empate transitorio de Uzbekistán —un error de Camilo Vargas que podría haber desmoronado selecciones menos asentadas— demostró una res publica futbolística en funcionamiento: no dependía de un solo hombre, sino de una estructura que permitió a Luis Díaz, Gustavo Puerta y finalmente Jaminton Campaz resolver con la calma de quienes saben que el sistema resiste el error individual. Tocqueville observó que las democracías sólidas no son aquellas donde no se cometen yerros, sino aquellas dotadas de mecanismos para corregirlos sin colapsar. La selección de Néstor Lorenzo, mutatis mutandis, parece haber interiorizado la lección.

Inglaterra, por su parte, derrotó a Croacia 4-2 en un partido que, aunque de mayor voltaje nominal, contó con una lógica similar. El equipo de Thomas Tuchel no se amedrentó cuando el empate croata neutralizó dos veces su ventaja; al contrario, generó una ventaja estructural —dominio del mediocampo, amplitud por las bandas— que terminó por resolver el encuentro con la anotación de Marcus Rashford en el minuto 85. El penal fallado por Harry Kane y su posterior conversión no son anécdota menor: hablan de una institución que permite al individuo reconstruirse dentro del colectivo, sin que un error temprano determine el destino del conjunto. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que lo decisivo no es la infalibilidad de los líderes sino la capacidad del sistema para absorber y superar sus fallos. Inglaterra, por una vez en su historia reciente, parece haber dejado de castigar sus propios errores con la neurosis que la caracterizó durante décadas.

El caso de Portugal ofrece el contrapunto iluminador. El empate 1-1 contra la República Democrática del Congo no puede leerse como mero accidente deportivo: es el síntoma de un proyecto que ha postergado la transición generacional en nombre de una devoción personal cuya legitimidad nadie discute, pero cuya utilidad presente resulta cada vez más cuestionable. El gol tempranero de João Neves, asistido por Pedro Neto, sugería que el Portugal joven podía funcionar sin depender de la figura tutelar; sin embargo, la incapacidad para liquidar el partido, y el gol congoleño obra de Yoane Wissa en tiempo de reposición, revelaron una selección que no termina de definir si mira al futuro o se aferra a un pasado que, aun brillante, no garantiza resultados. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre el peligro de los movimientos que sustituyen la realidad por una narrativa auto-referencial. Portugal no padece, evidentemente, de tal mal; pero su dependencia de una narrativa centrada en Cristiano Ronaldo produce, en el terreno de juego, un efecto no disímil: la parálisis de quienes deben asumir responsabilidades que aún no se les confían plenamente.

La victoria de Ghana sobre Panamá, por 1-0 en los minutos finales, completa el cuadro con una moraleza distinta: que en el fútbol mundialista, como en el orden internacional, las jerarquías históricas ya no bastan. El gol de Caleb Yirenkyi en el quinto minuto de adición no fue producto del azar sino de un contraataque ejecutado con la convicción de quien no acepta el guion que le asigna el estatus del rival. Panamá, en su segundo Mundial, no se amilanó; Ghana, heredera de tradiciones africanas que oscilan entre el esplendor y la frustración, supo esperar su momento sin desesperarse.

¿Qué conclusión extraer, entonces, de esta primera jornada? No la banalidad de que “el fútbol es impredecible”, que lo es menos de lo que se cree, sino algo más inquietante para quienes administran poder en cualquier ámbito: que los procesos institucionales, aunque menos espectaculares que el genio individual, exhiben mayor robustez ante la adversidad. Colombia e Inglaterra no ganaron por tener mejores jugadores en cada posición; ganaron por tener una idea colectiva que trasciende la suma de sus partes. Portugal, por el contrario, empata no por falta de talento —que lo tiene en abundancia— sino por una hesitación estructural que no se resuelve desde la línea de banda. El balón, como la política, rueda en dirección de quienes saben hacia dónde quieren llevarlo, no de quienes confían en que la inercia de nombres ilustres produzca, por decreto, el resultado deseado.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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