¿Cuándo dejamos de discutir tácticas en el café para consultar un modelo de lenguaje sobre el resultado de un partido de fútbol? La pregunta no es retórica. La República reporta que un sistema de inteligencia artificial asigna 56% de probabilidad de victoria a Bélgica sobre Irán en el Mundial, con proyección de marcador 1-0 y Loïs Openda como goleador probable con 35% de chances. Los números parecen precisos. La pregunta es si esa precisión nos dice algo que valga la pena saber.
El fenómeno no es menor. Durante décadas, el análisis futbolístico coexistió con la incertidumbre como condición constitutiva del juego. Los pronósticos existían, claro, pero surgían de la observación acumulada, del oficio del entrenador, de la estadística descriptiva que registra lo ocurrido, no de la inferencia predictiva que simula lo por venir. Lo que tenemos ahora es algo distinto: una máquina que procesa millones de variables —rendimiento histórico, condición física, alineaciones, incluso datos meteorológicos— y traduce esa masa informacional en un porcentaje de confianza. Un 56% no es una certeza; es una apuesta matemática con margen de error implícito. Pero el formato numérico otorga una autoridad que el lenguaje ordinario no alcanza. El 56% suena a ciencia. Y la ciencia, en tiempos de desconfianza generalizada, vende.
Aquí conviene recordar a Karl Popper, que definía la ciencia por su capacidad de refutación. Una predicción del 56% es irrefutable en su formulación: si gana Bélgica, el modelo “acierta” en el sentido de haber señalado la probabilidad mayoritaria; si gana Irán, el modelo puede decir que el 44% restante contenía esa posibilidad. Es una estructura retórica que se immuniza contra el error. No estoy sugiriendo mala fe en quienes diseñan estos sistemas; estoy señalando que el lenguaje de la probabilidad, aplicado a eventos singulares, produce una confusión epistemológica que los consumidores de información raramente distinguen. El modelo no predice el futuro; calcula distribuciones sobre escenarios posibles. El partido, sin embargo, ocurre una sola vez.
¿Dónde queda entonces el deporte? Hannah Arendt distinguía entre labor, work y action: la acción humana es el espacio de la contingencia, de lo imprevisible que emerge del pluralidad de agentes. El fútbol, en su esencia performativa, es action en estado puro. Un jugador decide en milisegundos; un árbitro interpreta una falta; una hinchada transforma el clima del estadio. Ninguna de estas variables es algorítmicamente reducible sin residuo. Que Openda tenga 35% de probabilidad de anotar no captura la tensión de su mirada fija en el arquero, ni el error de un defensor que se resbala, ni el gol que nace de una jugada colectiva imposible de descomponer en probabilidades individuales.
La reducción del deporte a predicciones numéricas no es inocua. Forma expectativas, orienta apuestas, condiciona narrativas mediáticas. Cuando un medio como La República —de tradición económica, no deportiva— dedica espacio al “análisis” algorítmico del Mundial, está señalando una convergencia: el fútbol como mercado de datos, el espectador como inversor de atención que demanda retornos predecibles. Es la lógica del hedging aplicada al ocio. Y si bien no hay nada ilegal ni siquiera necesariamente indebido en ello, los colombianos debemos preguntarnos si queremos que nuestro vínculo con el deporte se mediatice cada vez más por interfaces que prometen certeza donde solo cabe la pasión y el riesgo compartido.
El gobierno actual, con su propensión a la gestión centralizada y tecnocrática, podría encontrar en esta tendencia un espejo cómodo: la política como ingeniería de resultados, la ciudadanía como variable dependiente. Pero esa es otra columna. La que nos ocupa hoy termina con una observación más modesta. Bélgica e Irán jugarán el martes. Alguien ganará, empatarán o perderán. El 56% será, en retrospectiva, un número sin referente. Y los que vimos el partido recordaremos quizás un gol, una atajada, una injusticia arbitral. Lo que no recordaremos es una probabilidad. Las máquinas calculan; los humanos, si somos fieles a nuestra condición, seguimos sufriendo y gozando en el territorio inseguro de lo impredecible.