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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jul 2026

¿Puede un árbitro salvar al que no se salvó a sí mismo?

Deschamps culpó a Barton pero admitió que Francia jamás dio el máximo. El deporte, como la política, tiene formas de eludir la autocrítica.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

¿Puede un árbitro salvar al que no se salvó a sí mismo? — Deportes, ilustración editorial

¿Cuándo la queja legítima se convierte en estrategia de evasión? La pregunta, formulada en otros contextos por Tocqueville al observar las democracias que externalizan sus fracasos, cobra relieve inesperado en una cancha de Arlington. Didier Deschamps, seleccionador francés que dejará su cargo tras trece años, apuntó contra el arbitraje del salvadoreño Iván Barton tras caer 2-0 ante España en semifinales del Mundial 2026. Según el reporte de EFE recogido por Caracol Radio, elogió a los asistentes —“el cuarto y el quinto árbitro eran magníficos”— para, mutatis mutandis, deslizar la duda sobre el juez central. El gesto retórico no es ajeno a quienes en política alaban instituciones para socavar a quienes las encarnan.

El dato concreto, atribuido a la cobertura de Caracol Radio, es que Deschamps especificó una sola decisión: el penalti pitado por una falta de Lucas Digne sobre Lamine Yamal. Sobre el resto, prefirió la vaguedad. Esa parsimonia selectiva merece atención. En el deporte de élite, como en el debate público, la acusación difusa suele ser más dañina que la precisa porque no puede refutarse. Cuando un gobernante habla de “problemas estructurales” sin nombrarlos, o cuando una oposición invoca “la crisis” sin definir sus contornos, están ejerciendo una retórica comparable: sembrar duda sin asumir la carga de probarla.

Pero el verdadero mérito de la conferencia de prensa —y aquí Deschamps se diferencia de quienes nunca reconocen nada— estuvo en la contradicción que la siguió. Según la misma fuente, el mismo hombre que interrogó al árbitro admitió que Francia “tendría que haber dado el máximo y no ha sido el caso”. Reconoció que el equipo no dominó el juego que quería desplegar, que algunos jugadores cometieron errores propios de debutantes en una semifinal. Hannah Arendt, en La condición humana, distingue entre la acción política genuina y el mero comportamiento: la primera exige asunción de responsabilidad, el segundo se refugia en la determinación externa. Deschamps, en su gesto dual, osciló entre ambas.

La tensión central, entonces, no es si Barton erró o acertó. Es si una sociedad —o un equipo, o una república— puede permitirse el lujo de que sus líderes externalicen antes de autoexigirse. En Colombia, donde el arbitraje deportivo ha sido desde siempre materia de conspiración popular, la pregunta tiene resonancia particular. Pero también en Francia, cuya tradición republicana de la méritocracia hace particularmente incómoda cualquier excusa que no pase por el espejo. Deschamps, formado en esa cultura, sabe que su queja contra Barton no resistirá el archivo. Por eso, quizás, la matizó con autocrítica.

El deporte, como la política, necesita de instancias que revisen el ejercicio del poder. Un árbitro deficiente corrompe el juego tanto como un juez dependiente corrompe la res publica. Pero la institución arbitral no existe para salvar a quienes no se salvaron a sí mismos. Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, advertía contra las teorías conspirativas como refugio de quienes no aceptan la complejidad del error humano. La tentación de explicar una derrota por la malicia de un tercero es tan antigua como la política misma. Lo que la distingue de la explicación genuina es la proporción entre evidencia aportada y duda sembrada.

Francia, campeona del mundo en 2018 y finalista en 2022, llegó a esta semifinal con una generación dorada que no alcanzó a brillar. Deschamps lo sabe. Según el reporte citado, dijo que “hubo cosas que no se hicieron bien”. Esa frase, pronunciada por un hombre que ha dirigido a su selección durante tres lustros, contiene una lección de madurez institucional que muchos sistemas políticos envidiarían. La pregunta que deja en el aire es si esa madurez será posible en quienes hereden el banquillo, o si el reflejo de buscar culpables ajenos terminará por corroer lo que trece años de trabajo construyeron.

Cuando España juegue la final, Barton será una nota al pie. Francia, en cambio, seguirá siendo el equipo que pudo dar más y no lo hizo. Esa diferencia entre lo que somos y lo que pudimos ser es, en última instancia, el territorio donde la autocrítica honesta —no la flagelación, no la excusa— construye o destruye a las naciones.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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