¿Cuándo la continuidad deja de ser virtud institucional para convertirse en comodidad administrativa? La Federación Colombiana de Fútbol renovó el contrato de Néstor Lorenzo tras clasificar a la selección para el Mundial 2026, conquistar el subcampeonato de la Copa América 2024 y acumular un balance favorable en cincuenta y un partidos. Los números, tomados en frío, justifican la decisión. Pero los números no siempre miden lo que viene, sino lo que fue.
El problema de las estadísticas deportivas es que funcionan como los indicadores económicos: describen el pasado reciente con precisión, pero pronosticar con ellos exige algo más que aritmética. Lorenzo heredó una selección con estructura de juego definida por su antecesor, aprovechó la madurez de una generación de jugadores en plenitud y supo administrar, con oficio argentino, las urgencias del torneo corto. La Copa América 2024 lo mostró: el equipo llegó a la final sin convencer en cada partido, pero sin perder la compostura en ninguno. Eso es mérito del entrenador, sin duda. Sin embargo, mérito distinto es construir una selección cuando los referentes empiezan a escasear.
El recambio generacional, que el comunicado de la FCF menciona casi en pasada, aparece como el verdadero desafío de esta nueva etapa. James Rodríguez, Radamel Falcao, Juan Guillermo Cuadrado: nombres que durante una década sostuvieron la expectativa pública colombiana. Ninguno de ellos estará en el Mundial 2030. La pregunta, entonces, no es si Lorenzo merecía renovar, sino si la federación le exigió, como contrapartida, un plan de transición con nombres, fechas y criterios técnicos. O si, por el contrario, la renovación responde a la lógica del “si no está roto, no lo arregles”, que en el fútbol internacional suele ser sinónimo de desperdicio de tiempo.
Alexis de Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tendencia peligrosa: la confusión entre estabilidad y estancamiento. Las instituciones deportivas no son ajenas a esta confusión. La FCF, que ha conocido ciclos de turbulencia técnica —recuérdese el breve y desastroso paso de Carlos Queiroz, o la improvisación que precedió a la llegada de José Pékerman—, parece haber apostado por la tranquilidad. Pero la tranquilidad administrativa no garantiza competitividad deportiva. Italia, cuatro veces campeona del mundo, falló en clasificar a dos Mundiales consecutivos pese a contar con estructuras aparentemente sólidas. La continuidad por sí sola no inmuniza contra el declive.
Hay algo más. La renovación de Lorenzo ocurre en un contexto político particular: el gobierno actual ha intentado, con mayor o menor fortuna, vincular la gestión deportiva a su narrativa de “cambio”. La selección de fútbol, en Colombia como en casi toda América Latina, es territorio simbólico demasiado valioso para dejarlo fuera del relato oficial. Que la FCF —autónoma, al menos formalmente, del ministerio— haya decidido mantener a un técnico extranjero con contrato vigente puede leerse, si se quiere, como un gesto de independencia institucional. O como una mera conveniencia práctica. La distinción importa, aunque la evidencia no permita zanjarla hoy.
Lo que sí cabe preguntarse es si los colombianos estamos dispuestos a exigir transparencia en la gestión deportiva con la misma intensidad que exigimos resultados en el campo. ¿Publicará la FCF los términos del contrato? ¿Existen cláusulas de rendimiento vinculadas al rendimiento en el Mundial 2026? ¿Hay un plan de recambio con responsables definidos? Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, defendió la crítica institucionalizada como condición de todo progreso. Aplicada al fútbol, la idea suena casi exótica. No debería.
Lorenzo tiene, ahora, una prórroga de confianza. La historia del fútbol colombiano registra técnicos que la merecieron y la desperdiciaron, y otros que la merecieron y no la recibieron. Lo que distingue a las federaciones maduras no es acertar siempre en la elección, sino saber cuándo la continuidad se convierte en obstáculo. La FCF ha decidido que ese momento no ha llegado. Le tocará a los resultados, no a los comunicados de prensa, confirmar o desmentir ese juicio.